El interés de los urbanistas del siglo XX se trasladó de las estructuras económicas y sociales hacia estructuras técnicas y estéticas. El urbanismo pasó del patrimonio de los historiadores, economistas o políticos al de los técnicos especialistas, generalmente arquitectos.
No se trata solamente de un producto de alguna revolución material objetiva, en tanto que el hecho, de la entrada del acero y el cemento a las posibilidades urbanísticas, sino que de el intento de la apropiación del concepto de modernidad en toda su dimensión, tanto en las eficacias que permiten los métodos de estandarización y mecanización, como el de los conceptos esteticos extraidos de las artes de vanguardia de la época (cubismo y movimientos relacionados).
Hay en esto la pretensión de reducir los objetos de cualquier naturaleza a la racionalidad del hombre que es la unidad básica del progresismo. Stanislas Gustavovitch Strumilin lo expresa de la siguiente manera: "Nuestra tarea no consiste en estudiar la economía, sino en transformarla. No estamos atados a ninguna ley(...) La cuestión de los ritmos está sujeta a la decisión humana.". De esta misma manera la ciudad debe ser entendida como un producto de la razón, un proyecto con el objetivo de alcanzar la maximización y perfeccionamiento de cada hombre.
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