sábado, 23 de octubre de 2010

2013

Y pensar que esto ya tiene casi una década y ahora, recién, le encontré un significado, o una utilidad quizás... por lo menos, seguro que sí, un contexto .

(mhr mintiendo en fb)

Y pensar que ya había pasado casi una década desde aquel medio día soleado en Concepción en que en una orilla de la carretera después de haber aprendido una par de importantes lecciones, Iker vio un ángel. Sin embargo aquella mañana todo ese recuerdo aun le parecía tan nítido mientras dormitaba en el agua tibia de la tina, después de haber corrido más de cinco kilómetros y descansado fumando marihuana.
La ventana del décimo piso, muy grande para ser de baño, estaba abierta y el sol iluminaba todo aquel lugar. Iluminaba el agua sobre la tina en que Iker estaba, la que se había derramado en el piso y la que estaba en los grandes maseteros de las plantas que adornaban en ese baño y al parecer habían sido recién regadas. Una musiquilla agradable y desconocida se escuchaba a la distancia desde la calle.
Se levantó y se puso los pantalones. Salio del baño y entro en lo que era eventualmente su dormitorio. Las cortinas estaban cerradas y la mezquina luz que las vulneraba se concentraba en la silueta desnuda de Francisca acostada, dándole la espalda, sobre la cama; el color de su hombro, su espalda, su trasero, sus piernas y sus pies lo iluminaba todo.
Se la imaginó, así desnuda, regando las plantas que tenía en el baño, como lo había hecho asía no más de media hora. Se excitó; como siempre lo seguía haciendo después ya de los siete años que llevaban juntos. Se tentó en ir a acariciar esa silueta que se asomaba sugerente y caprichosa, pero ya había hecho ejercicio y se había bañado. Solo la contempló un segundo más para pensar en lo feliz que debería sentirse por tenerla a ella como esposa si no fuera por el hecho de que no podía dejar de ser un prófugo ni por un segundo y en más de un sentido (supongo que más de alguien entenderá)
Se puso la camisa, los zapatos, el jockey y salio del departamento. Caminó por las angustiadas y amordazadas calles de aquel Santiago. La reciente ola de suicidios de esa época había producido un hedor metafísico, o imaginario pero claramente perceptible. Cuál más cuál menos, él era parte de una generación a la que la unía un latente dialogo en suspenso, un compromiso ineludible, con el espíritu de suicidio.
Ese espíritu se desplazaba sigilosamente por las calles y plazas preferentemente cercanas a la Estación Central. Juguetón, iba de persona en persona no solo susurándoles a los oídos, también helándoles la espina dorsal y tensandoles los nervios de la cabeza y cara.
Los diarios se amontonaban en los kioscos porque un dejo de decepción y desconfianza hacia los medios oficiales caracterizaba esos años. Cada quien se recriminaba así mismo y también un poco a los demás el haber sido engañados, en cierta medida. El haber creído, por tantos años, para algunos, que esa era democracia, o el haber creído en la democracia en sí, para otros. Para los fines es lo mismo, se habían sentido cómodos, dejaron pasar tantas cosas, y por eso ahora debían lidiar con toda clase pesadillas y con la amenaza de un futuro incierto.
Por mientras él se escabullía por calles aledañas sin ningún sentido, sólo con el fin de despistar a sus acechadores, aunque sabía que por mientras, todavía serían inofensivos. Se movían como sombras, se los encontraba en cada esquina disfrazados de cantidades de forma. Lo monitoreaban todo el tiempo, esperando un paso en falso de su parte. Aunque se sentía preso por momentos, poseía la experiencia, astucia e intuición para darse cuenta como se movían sus acechadores y que pasos no debería dar. Todos los días el ritual se repetía. "Tarde o temprano encontraría la forma de burlarlos" pensaba.
Recién al medio día, cuando ya se había nublado, se atrevió a cruzar la Alameda. Un Hombre alto y de lentes oscuros estaba del otro lado "oh, son tan estúpidos" pensó y saludó al hombre haciéndole una reverencia y regalándole una sonrisa irónica. El policía solo desvió la mirada.
Entró por las calles que iban hacia el oriente esperando que en cualquier momento sus acechadores irrumpieran; ya los había provocado, ahora deberían saber fehacientemente que él estaba al tanto de su treta; era solo cosa de tiempo. Llegó a una plaza donde se sentó a aguardarlos.
Pasaron unos quince minutos y se levantó para volver al departamento y justo en ese momento escuchó que alguien lo llamaba: "Iker, Iker". Giró y vio a una niña que le pareció en el momento no mayor de 17 años, cabello castaño, tez clara y ojos con signos de sueño. Llevaba unos pantalones de buzo y unos calcetines chilotes por sobre ellos. Solo la miró extrañado intentando recordar de donde podía conocerla, pero antes de que pudiera decir algo, se le acerco y le tomo el brazo derecho y miró la palma de su mano como si fuera a leerla, pensó que era una gitana o algo por el estilo, así que iba a decir que no le interesaba ese tipo de servicio, pero justo en ese momento sintió un impacto como de electricidad y quedó paralizado. Intentó sacudirse como pudo, pero solo podía mirarla a ella que estaba con los ojos fijos en su mano. La vista se le empezó a nublar y con lo ultimo de fuerza logro dar un débil alarido y perdió completamente el conocimiento.
Cuando despertó ya era de noche y estaba sentado en un paradero muy cerca del departamento donde vivía. Conservaba el reloj y la billetera, comprobó. Se levantó y le dio una patada a uno de los pilares laterales del paradero solo para aliviar la impotencia. Se sintió vulnerado, no esperaba un ataque como ese. "¡una niña! -pensó- esta vez fueron más lejos de lo siquiera imaginable!".
Cuando entró al departamento se percato de que Francisca ya estaba durmiendo. Iker se metió en la cartera de ella y sacó el teléfono y le conectó unos articulares grandes, busco la marihuana y se la fumo escuchando una música gitana mientras miraba por la ventana. Se quedo ahí toda la noche observando los autos, muy preocupado por las nuevas técnicas de sus perseguidores. Miraba los autos en la calle si alguno le parecía sospechoso y realmente todos o ninguno; le habían dislocado la intuición.
Cuando amanecía sintió los pasos Francisca y el sonido de la ducha, ella salió hacia la sala donde estaba Iker, ya iba vestida como para trabajar.
-¿A que hora llegaste anoche?-preguntó Francisca- No te sentí.
-Sí, se me hizo tarde conversando con algunos excompañeros de la U con los que me encontré -mintió sacándose los auriculares, manteniendo la vista en la calle.
Ella solo suspiro insinuando incredulidad y dijo:
-Oye, hable con una amiga de la pega -cambió de tema-, el esposo de ella trabaja en esa ONG que te había contado y dice que ahí necesitan sociólogos; así que si me pasas un curriculum...
-No tengo nada impreso ahora -interrumpió siguiéndola con la mirada mientras ella se hacía un café.
-Mándamelo al correo ahora, desde el celelular -concluyó apuntando el aparato que tenía en las manos.
Iker asintió con la cabeza pero no lo envió.
Francisca termino su café y se despidió de él con un beso.
Cuando ya se encontraba solo, Iker pensó que mejor sería irse del departamento. Por su seguridad y sobre todo por la de Francisca.

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