sábado, 9 de octubre de 2010

Roque y Pía

Tal como lo había planeado volví a Temuco. A la casa de mis padres, la ex casa de mi abuelo prefería llamarle. Una casa grande con un amplío terreno, donde mi pieza se encontraba a unos 20 metros retirada de la casa en sí. Había que cruzar un jardín...
Al llegar pasé a saludar a mi madre y le conté que ya no estudiaría más. Me dijo algo; una recriminación supongo, pero la ignoré completamente. Incluso mi padre intento provocarme más tarde, pero sus opiniones me tenían sin cuidado.
A la semanas encontré trabajo en un video club en el centro. El tiempo me pareció que pasó tan inerte, rectilíneo y mecánico, que no tengo muchas imágenes de esos días ahora. Ni siquiera había amigos: por alguna razón habían desaparecido, o tal vez yo no había hecho nada por buscarlos.
Aparte de trabajar, fumaba como un desquiciado y en las noches hablaba con Lissette, dos o tres horas. Más que hablar divagábamos, aveces nos quedábamos callados en el teléfono por varios segundos, incluso minutos, como adolescentes. Y nunca tocamos el tema del embarazo.
"Pobrecita -pensaba yo-, esta asustadicima. Intuye mis intenciones" pero yo no podía hacer nada para tranquilizarla, no estaba en mis manos. Después de todo, por esos días, yo estaba en estado de negación. El encuentro tácito de la muerte con la nueva vida, como es obvio, me termino por derrumbar.
Nunca sabré en que iba a acabar toda es monotonía autocompasiva si es que no hubiese sido interrumpida providencialmente por un fugaz acontecimiento.
Un viernes de los primeros días de marzo, cuando aun quedaban algunos pocos turistas del verano, subo a una micro y ya dentro con el primer golpe de vista hacia el interior la veo... concreta, real; ya no un espejismo o un invento de mi necesidad. La primera, la única, la de siempre. Risueña, frágil, toda ella es para mi la curvatura en el tiempo y el espacio o la puerta hacia lo mágico, hacia lo otro, si se prefiere.
Mientras me acerco siento latir mi corazón después de mucho tiempo. Noto que usa una polera de Depeche Mode y pienso: "fue conmigo que conoció a esa banda" eso me da más seguridad.
Está parada en el medio del pasillo junto a sus dos amigas de siempre que están sentadas a lado izquierdo de la micro. Ellas son las primeras en verme y le avisan de mi parecencia mientras ríen cómplices. Me acerco y la miro fijo por un espacio de tiempo de longitud subjetiva. Ella se apresura a darme un beso en la mejilla que yo apenas atino a corresponder.
Antes de que la situación se comience a tornar incomoda, por casualidad, justo se desocupan dos asientos contiguos a la derecha del pasillo y la invito a sentarse.
-Cuanto tiempo sin verte Roque -me dice ya sentada junto a la ventana-. Supe lo de tu abuelito, pensé en llamarte pero...
-Sí. No te preocupes -Interrumpo-, sobreviví.
-¿Y como esta la universidad? -Me pregunta.
-Bien... normal, no mucho que contar -Miento-. ¿Y tu vas a estudiar este año? -pregunto.
-Sí -me responde-, en dos semanas me voy a estudiar a Uruguay. Cine.
-¡A Uruguay...! -digo conmocionado.
-Postulé a una beca.
-¡Cine! - repito el tono.
-Je, je -sonríe ella y noto que se sonroja-. Es que postulé a la beca después de ganar un concurso de cortometrajes en Uruguay. ¿Te acuerdas de ese guión que escribiste?... debí haberte avisado, lo sé, pero...
-No importa -interrumpo de nuevo- yo te lo regalé, es tuyo -y por primera vez la miro a los ojos.
Ella me avisa que me tengo que bajar, pero no le hago caso y sigo una cuadra más intentando inútilmente encontrar palabras dignas de lo que ella significa para mí. Cuando me rindo ella se despide:
-Adios Roque. Chatiemos alguna ves.
-¿Chatiar? Caray Pía, no conozco muchos esas cosas - Digo parodiando a mi abuelo y ella se ríe con cierto recelo o morbosidad.
No fue una conversación fluida, no hubo química, ni magia, ni frases asertivas. Incluso por momentos se notó una evidente incomodidad. Pero indudablemente algo me pasó... pasó que durante no sé cuanto tiempos yo había deambulado por espacios y tiempos siempre inconclusos, fragmentados y discontinuos; pero frente a ella por fin... por fin me sentí en casa. Aunque llevaba en Temuco tres meses me seguía siendo tan ajeno como Santiago o cualquier otra parte. Estar con Pía era todo lo que necesitaba, aunque fuese de esa forma tan precaria e imprecisa.
Pienso y pienso en el cómo fue que se acabó lo nuestro, mientras camino y fumo por la vereda de la calle: "Podría enumerar una larga lista de razones, desde la distancia cuando me fui a estudiar, para empezar. Pero ni siquiera la suma de todas estas razones logran satisfacerme como explicación. La verdadera razón me resulta muy oscura e inenarrable. Es como si simplemente la hubiese perdido -nunca estuvo mejor usada esa analogía- o como si se hubiese internado en un lugar donde me era imposible seguirla".
>>"Pía, Pía, Pía..." suspiro y repito incansablemente. Nos conocimos cuando ambos teníamos doce años de edad, y desde ahí nunca ha pasado un solo día en que no haya pronunciado ese nombre. "Ese maldito nombre" -me digo.
>>"Pía"... suena como fría. Como es ella, su piel blanca, sus manos, sus pies, sus rodillas; fríos como el sur.
>> Y como púa: algo pequeño que se clava produciendo un dolor agudo e intenso, desgarrando la fibra más sensible de todas.
>>Su nombre es un imperceptible y agudo pedacito de hielo incrustado y perdido entre las capas de mi tejido cardíaco, enfriando cualquier afecto natural, cualquier calor humano; el que recibía y el que hubiese sido capaz de procurar.
>>Con el sistema nervioso y cardíaco dañados me es preciso seguir viviendo -es mi último pensamiento en la cama antes de conciliar el sueño.

1 comentario:

  1. Creo que se esconde tras sus pensamientos. Y no vive en realidad, solo deja que los días pasen. Como mucho lo hacemos sumergidos en las tinieblas y medios escondidos.... Quiero que esa historia continúe besos

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