martes, 5 de octubre de 2010

Don Roque

Me tiendo en el pasto con la libreta abierta a mi lado, y el lápiz encajado en la tierra húmeda, entremedio del pasto. Entrecierro los ojos mirando al sol a través de las hojas de un árbol cualquiera, y siento como un recuerdo empieza a intensificarse, lentamente, como el sonido de un tren que se acerca a la distancia. A los segundos el recuerdo es tan intenso que podría vomitarlo, pero antes tomo el lápiz y la libreta como aferrándome a ellos, como me aferré a una roca alguna vez después de caerme de una balsa en un rápido, haciendo rafting, cuando tenía quince años. Así comienzo a escribir como si se tratara de nadar, como si me fuera a salvar la vida.
Puedo verme despertando en el piso del departamento de Lissette. Estaba acostado en el sofá frente a la tele, pero al parecer me había caído mientras dormía. Me levanté y fui al baño, pero estaba ocupado; así que me puse a esperar sentado en el brazo del sofá que daba precisamente a la puerta del baño. Al abrirse la puerta apareció Ana Emma --lo había previsto--, estaba en su ropa interior negra, con el tirante del sostén caído a la altura del brazo. Se asomaba inexactamente uno de sus suaves y perfectamente oníricos pechos. Su cabello negro azabache enmarañado, y las marcas de la resaca en la cara, pero con el rimel y el labial oscuro intactos.
--La Lichy se fue a la u --dijo, mientras apoyaba el hombro sobre el marco de la puerta y cruzaba las piernas de manera indiferente, mientras yo la miraba prendiendo un cigarro, y sonriéndole de una manera que me parecía lo suficientemente lujuriosa y explicita como para que entendiera mis intenciones matinales sin decir nada más.
Ella solo río y miró al techo en actitud de hastío o desafección, y dijo: "ahora estoy cansada, voy a seguir durmiendo" y se fue a la pieza de Lissette.
Yo me metí al baño y me mojé la cara, dejando el cigarro a un lado y luego me puse a mear mientras cantaba con el cigarro entre los labios, Schism de Tool puede haber sido, no estoy seguro. "Tengo que irme" pensé. No es que me haya afectado mucho, pero el rechazo de Ana Emma había sido una especie de señal. Llevaba tres días completos, encerrado en el departamento que las niñas compartían. No hacía nada, si había algo que comprar, una de ellas iba. No me permitieron hacer nada, ni lavar un plato. Yo solo estaba ahí para ser consentido (y como objeto sexual), y de verdad me sentía muy agradecido, nunca había sido tan bien tratado en toda mi vida, pero ya era hora de marcharme.
Busqué mis anteojos y no los encontré así que me metí a la pieza de Ana Emma y tomé unos de ella. Eran pequeños y se me veían extraños, pero no importaba si me protegían del insoportable sol de Santiago.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor que daba a un pasillo angosto que terminaba en la puerta de la calle, vi entrar por ella a Lissette. Solo le sonreí. Me extraño que hubiese llegado tan temprano. Pero antes de que yo siquiera abriera la boca se me vino encima raudamente y me dio un abrazo apretado. "Tu familia te anda buscando urgente" me dijo sin separarse, con la boca apretada sobre mi camisa. Yo solo la separé tomándola por la cintura, y le pregunte "¿Qué pasa?" ella no respondió y la tomé por los hombros de una manera un poco más brusca.
--Parece que tu abuelito se murió-- respondió con un hilito de voz.
--¿Parece? --pregunte, bruscamente, apretando sus hombros de nuevo.
--Suéltame --se quejo ella.
Le pedí su celular, para marcar el numero de mi madre.
--¡Alo!-- dije bruscamente al comunicarme.
--¡Esteban, donde estas! --era la voz de mi padre que reconoció en seguida la mía.
--¡¿Que fue lo que paso?! --pregunté ignorando su pregunta.
-- Tu abuelo falleció el jueves de un paro cardíaco y ayer lo enterramos --dijo--. Hicimos hasta lo imposible para encontrarte. Llamamos a la Universidad, a casi todos tus compañeros y nadie sabía nada ¿cómo es posible que te hayas desaparecido así cabro huevón?
Ni siquiera me había acordado del celular, "debí haberlo dejado en el departamento" pensé.
--¡Cállate! --exclamé yo-- ¿Ahora me vas a culpar por no haber estado en el entierro? Eres un huevón descarado y autoritario.
--¡Qué te crees pendejo de mierda para venir a hablarme así! --dijo mi padre--. Eres un inconsciente de mierda.
--¿Tu me vas a dar clases de moral? --envestí yo mientras seguía insultándome-- tu abandonaste a tu propio padre en un asilo como si fuera un perro, nunca más lo fuiste a ver. Yo no estuve ahora pero siempre fui el único que estuve con él. No pidas que tus hijos te respeten si tu no supiste respetar... ¡basura! --concluí.
Mientras decía esto note que Lissette comenzaba a retirarse, así que le extendí su celular devolviéndoselo, entretanto todavía se escuchaban los ladridos del viejo por el auricular. "Le va a dar un colapso nervioso" pensé.
Caminé hacia la puerta y Lissette me miraba parada en la mitad del pasillo. "¿Quieres que te acompañe Roque?" alcanzó a decir antes que yo saliera. Le respondí con un innobjetable "quiero estar solo" mostrandole la palma de la mano.
Algunas horas más tarde yo estaba perdido en las calles de Santiago. Había caminado mucho en busca de un lugar ad hoc para el momento. Compré una botella de pisco y una cajetilla de cigarros y me introduje en la Estación Central. Me puse a caminar por la linea. Lo hice hasta que la noche ya había terminado de caer y la oscuridad santiaguina había alcanzado dimensiones que desconocía. Me introduje por calles no solo olvidadas sino que también impensadas, inimaginables; me parecieron. Todo olía a metal y resina, el sonido de la ciudad era un solo un murmullo indistinguible, y había una cantidad de gatos sucios y famélicos que me pareció absurdo, de todos los colores y formas.
Me senté a la orilla de la linea cerca de unos locales cerrados con cortinas de lata que se veían muy antiguos, "tal vez abandonados" pensé. Se distinguían en la oscuridad unos rallados que me parecieron muy punks, predominantemente. Daban la impresión de tener décadas allí. De hecho puedo recordar una frase ecologista o que tenía que ver con la liberación animal, que llevaba la firma de Titan 1994.
Mientras me terminaba mi botella de pisco puritano, intenté con todas mi ganas llorar a mi abuelo. Ni una sola lagrima pudo abrirse paso entremedio de aquella espesa telaraña de desconcierto y sinsentido que había crecido tras mi ojos. Mi mente ya hacía tiempo albergaba una araña, así lo sentía. Una araña que iba complicándolo todo, poniendo un manto de duda e inseguridad sobre cada cosa, sobre cada paso que daba, sobre toda certeza, cada sentimiento o sensación, reduciendo lo que yo llamaba realidad a su más mínima expresión. "Esto no puede terminar sino en el suicidio o en el manicomio" me dije a mi mismo en ese momento mientras acariciaba un gato muy sucio. Me sentía desprendido de la vida y de lo "humano".
Mi abuelo "don Roque" fue siempre, para mí, una conexión con el mundo. Supongo que hay mejores formas de explicarlo, pero es como si él me hubiese enseñado a vivir. Aprendí la relación con la vida (sujeto-objeto), con las cosas, con las personas y con los sentimientos a través de él.
Me bautizaron con su nombre, como homenaje y tal vez esperando que el portar su nombre me transmitiera su carácter e impronta. Aunque a mi madre nunca le gusto del todo, así que siempre me llamó "Esteban", y todo el mundo me llamaba así, hasta que yo mismos decidí presentarme con la gente como "Roque". O sea que solo en mi casa se me llama "Esteban".
Mi abuelo fue un hombre muy querido y admirado en Temuco. Me había tocado asistir a algunos homenajes muy bonitos que se le hicieron por parte de la municipalidad y también el club deportivo.
Yo lo acompañaba al estadio todos los fines de semana en que Deportes Temuco jugaba de local. Incluso viaje muchas veces, a diferentes partes de Chile, siguiendo al equipo. Nos hospedábamos en los hoteles junto con el mismo equipo; la mayoría de las veces.
Todo esto desde muy niño, ocho años o tal vez menos, recuerdo haber hecho largos viajes, conversando todo el camino con Don Roque, aprendiendo de su manera de ver la vida, la historia, el fútbol, el ajedrez, las mujeres y un largo etcétera.
Que decir de las importantes gestas del club, como viví las celebraciones de los asensos y los campeonatos o los descensos. La agonía de la gente frente a la templanza de Don Roque, fueron quizás los momentos en que escuche las reflexiones más profundamente sabías de boca de mi abuelo, incomparables con nada que haya escuchado o leído jamás. En Fin.
Incluso por un corto periodo de tiempo intenté jugar en las inferiores del club, pero no funcionó, no tenía el físico ni la resistencia ni mucho menos el carácter. Con el tiempo me deslicé subrepticiamente a un mundo más oscuro, más complejo, mas peligroso y también más hermoso que el fútbol. La música.
Nunca aprendí a tocar bien un instrumento, pero sin darme cuenta me atreví a ingresar en un laberinto inestable y caprichoso, una geometría de la indeterminación que ni Heisenberg. Pero yo tenía mi voz (mi voz y mis huevos), profunda y expresiva pero nada limpia; aunque siempre tendré la duda de que si finalmente basto para resistirla o si finalmente todo lo que vino después fue producto de mi incapacidad ante toda esa indeterminación autoimpuesta. Si fuese Ulises frente a las sirenas hubiese sucumbido por carecer de estrategia y confiar ciegamente en mi resistencia (y mis huevos).
Poco a poco dejé de acompañar a mi abuelo al estadio y comencé a ocupar los fines de semanas y cada espacio de tiempo que tuviese disponible para ensayar, componer, escuchar música o juntarme con compañero que también experimentaban esa misma inquietud compulsiva, los que a la larga se convirtieron en mis amigos.
Sin embargo la relación con mi abuelo seguía siendo la relación más relevante y profunda de todas mis conexiones con el mundo. Cuando me enamoré por ejemplo (la única vez) fue a él a quien contaba lo que me pasaba y de paso el me aconsejaba. Era fascinante como encontraba soluciones para todo. Era un jugador de ajedrez brillante; el ajedrez no es muy distinto a la vida, o por lo menos esa filosofía siempre funciono para el y para lo que buscábamos sus consejos. Yo siempre fui un muy mediocre jugador de ajedrez. En fin.
Fue solo cuando entre en la universidad en Santiago que a mi padre se le ocurrió la desgraciada idea de internarlo en un asilo. Me pareció tan injusto... lo hizo porque sabía que de haber estado ahí yo no lo hubiese permitido. Mi padre me tenía miedo y no se hubiese atrevido a hacerlo.
El mismo día que cumplí dieciséis años, me peleé con mi padre por insultar a mi madre. Lo golpeé de tal forma que fue a dar al hospital. Después de eso no volvió a aparecerse por la casa durante seis meses, estaba viviendo con su secretaria, su amante de turno. Mi madre se entero pero le permitió volver, y fuimos de nuevo una familia tan horriblemente normal como siempre. A mi me parecían una maldita oda al conformismo. Sentía lastima por mi madre, la amaba, sí, pero era la lastima el sentimiento que predominaba. Definitivamente.
Ella decidió pagarme la estadía cuando obtuve el putaje suficiente para estudiar en una universidad en Santiago. Lo hizo echando mano a una herencia suya. Mi padre rara vez me dirigía la palabra, pero supongo que se opuso a esa idea.
Yo viajaba una vez al mes a Temuco, fundamentalmente para estar con mi abuelo, jugar ajedrez y conversar. Nadie más lo hacía, ni siquiera mi hermano. Todos estaban demasiado ocupados.
"Espero que algún día cosechen lo que sembraron estos maricones egoístas" fue lo que pensé mientras bebía el ultimo sorbo de pisco y fumaba el ultimo cigarro de la madrugada.
Desperté tirado sobre el frió pavimento con una terrible jaqueca, la camisa sudada en la espalda y las axilas y un decaimiento del tamaño de un suicidio ferroviario, aunque de distinto color, era un matiz distinto al de los suicidas el negro en veía la vida esa mañana.

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