miércoles, 6 de octubre de 2010

Fe

Daniela nació una tarde en la ciudad de Concepción, en un día de mayo o finales de abril. Era otoño y hacia frío. Simplemente nació, como tantos que nacen a la vida un día cualquiera. Esa tarde no paso nada realmente especial, nada interesante que contar. Lo que siempre pasa. Una madre primeriza feliz, una familia ídem y lo que ya saben. La madre de Daniela era hermosa, su cabello era corto, castaño claro, su boca parecía dibujada, su nariz felina la hacia parecer una cachorra de león, sus ojos eran grandes y tristes, de esos en que pese a toda la felicidad de un momento denotan la falta de algo, la ausencia de un mundo vitalmente necesario pero ausente; eran los ojos de una idealista que no se conforma a la alegría que produce un solo momento, esos ojos siempre miraban hacia lo trascendental.

Pero aparte de aquello que tan solo un puñado puede observar, era un cuarto de hospital cualquiera. La mayoría de la gente dentro del propio hospital ni se enteró de que había nacido una bebé llamada Daniela. En las calles mucho menos. Los cuerpos se movían pisando las hojas del otoño sin detenerse a pensar en la leve y gloriosa música del crujir bajos sus pies. Cuerpos ocupados todos en sus teje-manejes se tropezaban, se relacionaban en la máquina productora que llamamos sociedad. No se daban cuenta que realmente no existían, que sus vidas estaban vacías, no hay ningún sentido en ellas. No que no haya sentido, el sentido lo dan circunstancias como la pequeña Daniela; y sentido como lo digo, no significa algo abstracto. Sentido es color, es aroma, es música.

Pero como sea, después de todo, era un día cualquiera, y un hecho banal, a tal grado que su propio padre que se encontraba en Buenos Aires sacando un postgrado en arquitectura, a esa misma hora estaba despreocupado leyendo cualquier cosa, algo que ni siquiera tenia que ver con su carrera.

Sin ir más lejos, yo mismo a esa hora, debo haber estado en alguna plaza de Santiago, con el uniforme del colegio todavía puesto. De hecho, escuchando metal (probablemente Slayer o Sepultura), y quizás tomando Diasepán contra Anfetaminas o simplemente chupando jarabe para la tos en grandes cantidades. Es posible en el mejor de los casos que en la noche hayamos estado en la plaza manoseándonos con una compañera de curso, ateridos de frió, pero muy entusiasmados como para siquiera pensar en volver a casa.

Daniela nació, pero a nadie se le ocurrió preguntar cómo conocería el amor, como un manantial que fluye o como una pared de sólido concreto; o cómo iba morir. No que no hubiese tiempo para preguntarse esas cosas tan obvias e importantes, o que hubiese una prohibición de algún tipo para preguntar cosas como esas, simplemente a nadie se le ocurrió. A mi se me hubiese ocurrido, incluso en esa época de mi vida, especialmente en esa época. Pero yo no era nadie ahí, y estaba ocupado aprendiendo algunas lecciones.

No llovía, jarriaba, parecía que estuviesen tirando baldes con agua del cielo en la ciudad de Buenos Aires, y además hacia frío.

En un minúsculo cuarto de la azotea de un edificio viejo. En un escritorio junto a una estufa a gas se encontraba un joven transpuesto en la lectura. Mientras parecía que la lluvia iba a romper el techo, Cristóbal la ignoraba y simplemente continuaba leyendo, incluso era capaz de ignorar los fuertes truenos que se sentían de vez en cuando. Leía y se olvidaba que existía. En ese momento lo que decía aquel libro, Eros y Civilización de Marcuse, era más importante que todo, no solamente que la escandalosa lluvia, sino también que su padre, que la plata que se gastaba para que el pudiese estudiar aquel postgrado tan importante, que el examen que tendría que dar al día siguiente para el cual apenas había mirado un rato las fotocopias de un cuaderno de una compañera.

Lo que realmente intentaba ignorar era todo el mundo que había dejado en Concepción. Se sentía decepcionado de todo ello. De su familia y de sus amigos. Sin razón aparente se sentía traicionado por todos, abandonado a su suerte y exiliado en esa ciudad que le parecía tan triste. Ni el mismo entendía ese resentimiento tan latente, si finalmente ninguno de ellos podía haber hecho nada para evitar aquella desgracia de historia, de haber perdido aquello que el siempre consideró propio, ese amor tan simple y perfecto, esa suerte de otra costilla. Y no eran simplemente ideas de él, como de quien idealiza una relación, como casi todos nosotros lo hacemos en algún momento. De hecho, ese acotado número de personas que alguna vez los vio juntos coincidían en la opinión de que era una pareja perfecta, o cuando menos una pareja muy linda, estéticamente muy equivalente, muy simétrica y en cuanto a los rasgos sicológicos o de la personalidad, ambos muy especiales y muy talentosos.

Leer libros de filosofía era un hábito común en Cristóbal, un hábito que no tenía un origen muy claro, o por lo menos él mismo parecía no recordar como lo había adquirido, probablemente en el colegio, sin embargo no habían otras personas en su círculo de amigos y parientes que compartiera con él esta pasión, con quien intercambiar, discutir, etc. Era un hábito íntimo, privado, de hecho nunca hablaba de temas de filosofía con nadie, por lo tanto resultaba ser un placer sin más propósito que la propia sensación de encontrar un hilo que lo dirigía desde el todo a la nada. Sí, era un curioso placer sentirse atrapado, encerrado en la amplitud y la infinitud, sentirse por momentos a nado en medio de la tempestad de las infinitas repeticiones de la historia, en el eterno retorno de lo mismo. Cristóbal tenía la sensación de que con la filosofía, todo desaparecía y quedaba él y sus problemas a la deriva. Un puntito insignificante en el universo. A veces, en Concepción, él solo contemplaba su biblioteca de más o menos trescientos libros (comprados, conseguidos, robados, etc). Los contemplaba como si de ellos una voz al unísono pudiera salir, o por lo menos un murmullo permanente. Los ordenaba, los limpiaba, los acariciaba; le tenía cariño a esa biblioteca. No sé si se podría llamar fetichismo a eso.

Cristóbal ésta vez leía sobrecogido; se cuestionaba su carrera; su vida académica fundamentalmente, y la relación de esta con el avance irreflexivo de la civilización. Ese tipo de cuestionamientos lo atacaban siempre, por todos los flancos. En eso estaba cuando una llamada a la puerta lo interrumpió. Fue como haberlo despertado en la mitad de un sueño. Tenía que ser una llamada telefónica; no podía ser otra cosa. La casera que vivía abajo, una conocida de su mamá, era la encargada de recibir los llamados mientras tanto instalaran el teléfono en su pieza. Esperaba que alguien lo hiciera por él ya que él no sabía hacerlo, o más bien nunca había hecho algo por el estilo, si lo intentaba probablemente lo haría bien, pensaba, pero en la casa nadie se había referido al tema aun, así que presuponía que cualquier día iba a llegar y el teléfono iba a estar instalado.

En efecto era la casera avisándole que lo llamaban de Concepción. Eran ya cerca de las doce, así que suponía que era algo importante, le dijo la casera parada en la puerta.

−Ya, bajo en un segundo --dijo Cristóbal mientas buscaba una chaqueta.

La casera esperó en la puerta hasta que Cristóbal salió. Luego caminaron juntos, ella un poco adelante, por una oscura y angosta escala, que llevaba al piso de abajo, donde vivía ella.

Ella era una mujer delgada, menuda, de unos cuarenta años, con una cara y una voz que a Cristóbal le parecían muy agradables, especialmente su voz, que lo hacia pensar, casi con seguridad, que había sido cantante alguna vez, y a él le encantaban las cantantes. En esto iba pensando cuando entró a la casa, en el sofá frente el televisor encendido, estaba el esposo de la casera, un panadero argentino, grande, macizo y bonachón. Este se levantó y se acercó rápidamente a Cristóbal, y tomó la mano extendida del joven estudiante, con su mano grande de panadero argentino.

--¿Cómo estas pibe?

--Bien ¿y usted cómo esta don Antonio?

--Bien, sacando adelante el negocio. Dime una cosa bebé ¿Qué tienes que hacer el fin de semana? Porque organizamos un picado con los chicos y unos vecinos, y nos falta un jugador.

--Sí, seria entretenido. Hace tiempo que no juego --respondió Cristóbal.

--Entonces quedamos en eso. Vamos a ver si juegas como el Matador Salas --sonrió alegremente el panadero.

--Soy más del estilo del Coto Sierra --dijo un poco asustado.

--¿De quién…?

--Yo creo que deberías contestar el teléfono --interrumpió Rosa, la casera.

--Es verdad --dijo Cristóbal mientras soltaba la mano de Antonio, que todavía lo tenía tomado.

Que familia más agradable, pensó Cristóbal mientras iba al teléfono. Le gustaba el concepto de familia únida, todos metidos en el mismo negocio, todos remando para el mismo lado. Sin embargo le parecía extraña la relación de los esposos, físicamente hablando. Pensaba en las parejas como esculturas, como obras estéticas, como la escultura de Dafne y Cloe, que había visto hacía poco en el museo de Bellas Artes, en Santiago. Definitivamente le parecía violenta la relación entre la niñita y el oso polar, que eran Rosa y Antonio. Pero pensó rápidamente mientras tomaba el teléfono, que estaba en el velador de la pieza de uno de los hijos de la familia, que era exactamente ese habitó de arquitecto, inherente o aprendido, de buscar obsesivamente las simetrías, en todo orden de cosas, especialmente en las relaciones, lo que finalmente lo tenía tan confundido y triste, por esos días.

Todos estos pensamientos se diluyeron y se fueron por el caño, al escuchar por el teléfono la voz de Yasna, una excompañera de universidad y de carretes. Una más de toda esa masa de gente que por el momento no tenía ganas de tener noticias.

--Hola Cristóbal, tanto tiempo sin escuchar tu voz, huevón ingrato. Te he echado de menos, todos te echamos de menos por aquí.

--Yasna --dijo Cristóbal al reconocer la voz --¿Qué pasa? --dijo con voz agobiada.

--Tss, manerita de contestarle a una amiga que no vez hace meses.

--Disculpa, es solo que es media noche y pensé que podías ser algo grabe…

--No, es sólo que quería conversar contigo --interrumpió --. El otro día me encontré al Pablo Olate y me dio tu número. No pensé que era tan complicado hablar con un amigo.

“¿Amigos?” Cristóbal pensó: “Cómo la gente le quita el valor a palabras como esa, que debería significar algo, no sé que tanto, pero más importante que esa “relación” con la tal Yasna”, se dijo en ese momento.

--Ya entonces ¿qué cuentas? --Dijo Cristóbal --. Quizás eso te suene más amable.

--Veo que estamos de buenas --respondió Yasna ironizando.

--Has merito. En la medida de que me hables cosas interesantes voy a ir poniéndome más simpático.

--Ja, ja, ja, veo que conservamos la ironía.

--Sarcasmo --contestó Cristóbal --; no me da para ironía.

--Ya, lo que sea. Mejor cuéntame que ha pasado con tu vida durante todo este tiempo.

--Nada --contestó --. Llueve mucho. Hoy he leído todo el día aquí en el piso, y se me pasa todo el tiempo entre clases y la biblioteca. Ya no tengo vida privada, así que nada que contar. Entonces --prosiguió Cristóbal -- ¿dejamos esto hasta aquí o me vas a contar algo interesante en los próximos cinco minutos?

--¿Qué te pasa? Parece que estuvieras enojado... ¿es algo conmigo?... nada --dijo Yasna cambiando de tema abruptamente --. Están todos bien, preguntándose porque de repente desapareciste sin despedirte ni avisar. Algunos creen que te volviste loco o te dio algo raro…

--uff, je, je, --bufo Cristóbal y río.

--Por si te interesa, aquí están todos bien --prosiguió Yasna ya bien sacada de quicio.

--Me lo imagino. No te enojes --continuó -- me estás mal interpretando. Dale, cuéntame, me interesa --dijo solo con animo de ser amable y bajar la tensión.

--Bueno ya. Es que tu a veces…

--Cuéntame que novedades hay --interrumpió bruscamente Cristóbal, intentando evitar que se lo adjetivizara.

--Ja, ja, --rió Yasna --. Está todo bien, cacha que hoy en la tarde con la Nata fuimos al hospital, a visitar a su amiga. La Vivianne ¿Te acuerdas de ella? La que canta.

--Sí --respondió rápidamente, mientras sentía como si le dieran un golpe en la boca del estomago.

--Tuvo problemas en el parto. Así que la hospitalizaron la semana pasada y hoy fuimos a visitarla y justo cuando llegamos estaba en el quirófano haciéndose la cesária, obviamente.

--¿Sí? --palideció Cristóbal.

--Sí, estaba la familia, todos preocupados, pero al final salio todo bien gracias a Dios. Fue niñita --concluyó Yasna.

--¿La viste? --preguntó ya agitado.

--No, solo los familiares, la mamá, la hermana y el pololo.

--El papá de la guagua --dijo Cristóbal tratando de disimular el interés.

--No sé. Ja, ja, ja. Yo cacho que si. Ja, ja, ja --siguió riendo --. Obvio.

--¿Y qué tal?

--¿Qué tal qué?

--No sé… No importa.

--¿El tipo? ¿El pololo dices tu? Un tipo equis, un cualquiera, como tú, normal.

--¿Cómo soy yo? --preguntó con voz seca.

--No, no quise decir eso. --rió nerviosamente Yasna −. Es una forma de hablar, tú eres una persona muy especial, eres distinto.

--¡Ya! --Exclamó Cristóbal --. Se acabo tu tiempo. Me cansé. Tengo una parcial mañana. Si tienes algo realmente interesante que decir, piénsalo varias veces, lo ordenas y después de todo eso, me llamas…

--¿Qué te pasa…?

--¡Chao!... --cortó bruscamente.

Se quedó inmóvil frente al teléfono, golpeó el velador sucesivamente con los dedos de una mano, de manera nerviosa, simulando una especie de teclado. Su mente estaba como un pinball, de un lado para el otro, a tal punto que ya no pensaba nada. Estaba literalmente colapsado.

–¿Terminaste de hablar? –apareció Rosa.

–Ah. Sí –movió la cabeza sin tener claro que decir.

–¿Qué te pasa bebé? ¿Alguna mala noticia?

Cristóbal no dijo nada. Pensó por un momento en contarle todo. De aquellas dudas, de aquel miedo a arruinarlo todo, sintió la necesidad de desahogarse con alguien; nadie en especial; con cualquiera. Quizás un consejo, pero sentía que nadie en este mundo sería capaz de decirle algo que valiera la pena. El problema le parecía trascendental, se jugaba en una esfera superior a este mundo y eso era la tragedia.

Salió de la pieza, fue hasta la puerta y antes de salir Antonio le dijo:

–Recuerda el picado del viernes bebé…

Cristóbal solo se despidió con un seco “chao”.

Salió del departamento de la familia de panaderos y subió en la oscuridad a su piso, abrió la puerta, apagó la lámpara y se tendió en la cama. Paso tres horas con los ojos abiertos en la oscuridad, hasta que se resignó a que no podría dormir. Tomó el libro en el escritorio, prendió la pequeña lámpara y no leyó. Se paso la noche acariciando con la mirada el papel y la tinta; algo que le gustaba hacer con sus libros de filosofía y podía hacerlo por horas. Y comenzó la estimación de presupuesto, a pensar si después de todo valía la pena volver a recuperar lo que sentía, por un lado, y por otro intuía, le pertenecía por derecho natural. Todo se trataba solo de una estimación de fuerzas, si tenía las suficientes para dar una batalla y también, la posibilidad de la total derrota, porque había que presupuestarla.

Terminó de llover y la luna llena desplegó su luz en la noche de Buenos Aries.

Dos semanas después; el día en que Cristóbal vio que su nota en la primera parcial del año, era la más baja de su clase, extrañamente no sintió vergüenza, pese a tener que soportar la lastima de Títi, la misma compañera que le había prestado los apuntes para fotocopiarlos.

–¡Cristóbal ¿Qué pasó?! –exclamó Títi mientras Cristóbal miraba junto a varios de sus compañeros, las notas publicadas en un muro de la facultad de arquitectura.

–No di una parece –sonrió –; pero en fin.

–La próxima vez será mejor. Vos sos un tipo inteligente –dijo Títi.

–Puede ser, je, je –rió.

Pero sabía que no habría próxima vez. Una mala nota era simplemente una consecuencia de la falta de ganas y una excusa para hacer una decisión ya tomada. Tenía que volver. Y era un absurdo, un despropósito, lo iban a criticar, hasta el más insignificante de los apenas conocidos se iba a llenar la boca con él y su decisión de desertar, su fracaso, y su papá le restregaría exactamente esas mismas palabras. Pero era una decisión ya tomada. En el piso, estaban ya empacados los libros y los discos que había comprado a muy buen precio. Toda su ropa cabía en una sola maleta mediana, junto a sus bocetos y planos. Había también dos pinturas en telas, que había hecho durante los cuatro meses de estadía. Había que enviarlas por encomienda. Cristóbal era un buen pintor o por lo menos decente, eso era reconocido por todos los que habían visto su obra, pero jamás había vendido un solo cuadro ni había estado en exposiciones importantes, por pereza y por falta de apoyo. A su papá no le interesaban esos pasatiempos. Pero ya habría tiempo para todo eso, lo primero ahora era encargarse de aquella responsabilidad que le parecía fáctica e irremisible, no había opción y ya no tenía ni sombra de duda, pero sí un miedo grande al fracaso. No lo conocía, no tenia experiencia con él. Siempre fue un buen estudiante, un buen deportista. Incluso un año fue elegido el tercer mejor jugador en el torneo interescolar de fútbol de Concepción. Pero ese: el fracaso, era el precio.

Dos días después, un jueves en la noche, Cristóbal estaba en Concepción. No había avisado en casa lo de su decisión. Había pensado que era mejor llegar de sorpresa y decirles que dejaba el postgrado. Le parecía más honesto que lo otro, el teléfono le parecía cobarde. Pero tal vez, también se trataba de una prueba de valentía que se había autoimpuesto, un ejercicio de valor, para empezar a calentar la verdadera batalla.

Ahí estaba esperando que el ultimo tema del cassete de Alice in Chains, Again, dejara de sonar en su walkman. A la segunda gota de lluvia que le cayo, toco el timbre, y una voz familiar sonó en el citófono.

–Aló –se escuchó.

–Hola Romina, soy Cristóbal, volví antes de tiempo.

Sin decir más el portón se abrió. Cristóbal camino por el patio delantero. Había una distancia amplia entre el portón y la casa, donde estacionaban los autos, también había espacio para una suerte de jardín con árboles y flores, por los costados. Cuando no estaban los autos, de niño Cristóbal jugaba al fútbol en el estacionamiento, rompiendo todas las flores y plantas que pillaba a su paso a pelotazo limpio, especialmente para sus cumpleaños, por eso su papá decidió cuando cumplió diez años celebrarlos en un club de campo todos los años.

Era una casa estilo clase media penquista, con un jardín delantero y un jardín trasero que tenia maseteros de greda gigantes y un parrón. La clase media de esa ciudad es diferente a la de otras ciudades de Chile, como la de Santiago, que es en general sinónimo del “progreso” que crece destructivamente, deshace los patrimonios, los monumentos, las casonas viejas, como si fueran algo de que avergonzarse; condominios, centros comerciales, autopistas van borrando los pedazos de historia que delatan viejas y peligrosas formas de vida.

La rancagüina es otro ejemplo, un pueblo de mineros, que conforme creció la ciudad, subieron ellos en el escalafón social, por eso sus hijos tuvieron la posibilidad de ir a la universidad y tener autos. Esto ya en la década de los ochenta. Y olvidaron la historia de la mina y a sus mártires por eso los demás sectores les llaman “los piojos resucitados” o “la lacra bien servida”.

En general Concepción es una ciudad mucho más afirmativa de su historia. Mantienen un aire clásico con bastante estilo. La historia política de hecho, sea de izquierda o derecha, esta más viva ahí. Por lo menos que en otras partes. En comparación.

Cristóbal pensaba esto antes de entrar a la casa.

Al llegar Romina, la nana, lo saludo con sorpresa.

–¡Cristóbal! No me avisaron que ibas a venir, no he preparado nada.

–No te preocupes, es que no había avisado, yo me hago unas papas fritas con un bistec, y estoy listo –dijo sacando la lengua, expresando agotamiento y tocándose el abdomen con la mano.

–¡Cómo se te ocurre! –Exclamo Romina –, tu vienes cansado del viaje, yo te los preparo.

–No –insistió Cristóbal –tengo ganas de cocinar yo, en serio. ¿Donde están mis papás? –agrego.

–Están en casa de tu tía Magdalena, celebrando el cumpleaños de tu abuelito… no te acordabas –dijo en tono más o menos acusativo.

–No. Me había olvidado. Karen esta con ellos me imagino.

–Sí, también –respondió Romina.

Mejor, pensó, así tendría más tiempo para pensar como comunicarles la noticia de que dejaba el postgrado. Eran las siete y tendría por lo menos hasta las doce para esperar. El cumpleaños del abuelo materno era una festividad de clan, donde se reunían todas las tías y tíos venidos de diferentes partes de Chile, y de afuera también. Hasta el momento nadie fallaba. Se trataba de sacar a la momia de la casa de reposo y llevarla a una de las dos casas de las tías que vivían en Concepción. Juntar a toda la familia, los tíos políticos, todos los primos, y saber en que estaba cada uno y esas cosas.

Romina se ofreció a ayudar a pelar papás y Cristóbal aceptó, luego se sentó en la mesa de la cocina, comió rápido, tenía hambre. Más tarde preparó dos cafés e invito a Romina a conversar, prendieron unos cigarros y hablaron de esto y de aquello, de Argentina, de lo que pasaba en Chile según la prensa, de la familia, del pololo de Romina y todo menos de porque estaba de vuelta tan rápido. A ella bien, no se le ocurrió preguntar o no se atrevió porque intuía que algo raro había pasado. Pensaba Cristóbal.

Romina lo dejó solo después de que recibió una llamada telefónica, y él siguió pensando, hasta que se dio cuenta que el cigarro que tenía en la mano ya se había consumido solo en gran parte, lo que lo hizo recordar su película favorita, The Wall de Alan Parker y Pink Floyd, su banda también favorita. Cuando la vio, de niño, se rapó las cejas y todo. Recordó aquello de I've got a strong urge to fly But I've got nowhere to fly to, con lo cual se sentía fuertemente identificado, como nunca antes en su vida.

Algunas horas más tarde estaba encerrado con su papá en la oficina. El viejo venía alegre con unos tragos demás, pero cuando vio a Cristóbal como un buen baño de agua fría, se le quito la sonrisa del rostro y los tragos se quedaron en el puro olor. El viejo sabía manejar situaciones complicadas en cualquier estado, hasta enfermo le era inherente hacerse cargo anticipadamente de sus problemas y los de los demás. Cristóbal tenía eso muy claro, pero estaba preparado para resistir, no aceptaría que lo intentaran hacer rectificar, pero ahí estaba.

–¡Veinticinco años! Yo a tu edad ya tenía esta casa y no me la gane en la lotería, tu en cambio no le has trabajado un día a nadie –dijo enojado el papá, que al instante cambió de actitud –. Pero no me molesta, porque se que eres un cabro talentoso, que haga lo que haga le va a salir bien y estoy seguro que un día nos vas a salir sorprendiendo a todos…

Wow –interrumpió Cristóbal-- ojala yo me tuviera tanta fe.

–…Pero no puede estar bien que te farrees las oportunidades. Dime en que topas. De un tiempo a esta parte estas raro huevón, ¿tienes problemas con alguno de nosotros? ¿Con migo? ¿Te he hecho algo malo?

–No, nada que ver --respondió.

–Entonces tienes problemas ¿Estás metido en algo turbio?

Ja – dijo Cristóbal irónicamente –. Yo, el más turbio.

– No me digas que es una mina –dijo, poniendo cara de compasión, el viejo –. No te puedes echar a morir por eso, tu puedes tener la mujer que quieras si te lo propones, eres encachado, súper inteligente, tienes buena familia…

No se esperaba eso, un golpe bajo. Primero, porque no se sentía así como lo habían descrito, segundo, porque lejos de ayudarlo esas palabras desvirtuaban su objetivo. Esto no era un asunto de “mujeres” sino de amor, y no de amor sino de ella, su amor. Tampoco se trataba de que el fuera atractivo o no para las mujeres en general, eso no tiene nada que ver. Se trataba de estar hecho, destinado simétricamente en alma y cuerpo. Él sabía que si le daban a elegir de todo el amor del mundo, escogería de buena gana solo su amor y sería feliz.

–Lo que sea puedes contármelo, puedes contar conmigo y con tu mamá siempre, ¡pero espabila hombre! –dijo mientras palmoteaba el hombro de su hijo de manera afectuosa.

–Lo se papá –respondió Cristóbal –, solo necesito tiempo. Voy a irme a vivir solo –aprovechó de decir –. Mañana mismo empiezo a buscar.

–Eso es caro Cristóbal –dijo su papá.

–También lo sé. Voy a buscar un trabajo. No le voy a pedir plata. No se preocupe.

–Pero tampoco se tata de eso –dijo casi ofendido el viejo –; pero yo te puedo ayudar si lo necesitas. Sabes que tu familia esta contigo pase lo que pase.

–Ya, pero no sea melodramático, no le queda –sonrió.

Finalmente el asunto había sido mucho menos engorroso de lo que al principio le parecía a Cristóbal. Se sentía muy aliviado mientras estaba en su pieza de toda la vida, y muy cansado. Pero sabía que el tiempo no le sobraba. Le esperaba un día movido, así que decidió acallar la mente y encontrar el sueño.

Al día siguiente, al desayuno, tubo que vérselas con su mamá, Mónica, que había llegado algo indispuesta en la noche, así que no se enteró de mucho, aparte de que su hijo ya estaba de vuelta.

–¿Cómo que te vas a vivir solo? –Dijo mientras se tomaba una aspirina con un café cargado que le había preparado Romina.

–¡Ay mamá! No se ponga así. Si Cristóbal ya esta grande –Intervino Karen, la hermana menor de Cristóbal.

–¡Cállese usted! –Le respondió la mamá – ¡no sea metiche!

–Déjeme tener la experiencia mamá –dijo Cristóbal –, sino me gusta me vuelvo.

–¿Y en que vas a trabajar? ¿Quieres que llame a tu tío Nano para que te de pega en el banco?

–Voy a buscar una pega, algo que tenga que ver con lo que estudié. O cualquiera menos en el banco, no me gusta.

–Mi pollito quiere volar solo –dijo mientras le tomaba la cara y le daba un ruidoso beso en la mejilla.

–Ya mamá, me tengo que ir a hacer los trámites. No se a que hora vuelvo –avisó Cristóbal.

–¡Chao pollito! –le grito Karen, mientras su hermano se iba a su pieza.

Cristóbal solo se giró y le sonrió, sin detenerse.

Saco su bicicleta que había guardado en el entretecho, y se puso su mochila con algunos casetes y un pequeño almuerzo, dos panes con saláme y queso, y un jugo. Y echo a andar hacia el primer destino que había fijado en su itinerario, la casa de Natalia, una amiga en común de él y Vivianne.

Mientras avanzaba por la Avenida O’Higgins con los oídos tapados con unos audífonos en que sonaba Primus y su Browm Albums del noventa y siete, casi no escuchaba nada, cuando llegó a un semáforo sintió una palmada en la espalda y escucho:

–¡Batito! –Asía tiempo que no le llamaban así – te vengo gritando hace una cuadra huevón.

Cuando giró vio a su amigo Francisco, que estaba en otra bicicleta, mucho más vieja y usada que la de él. Este era un personaje dentro de ciertos círculos de la Universidad de Concepción. Un treintañero que se dice que alguna vez había estudiado ahí, pero nunca se ha confirmado, lo cierto es que ahora era algo así como un cantor popular, compositor, músico y vendedor de los cogollos con la mejor reputación de la zona. En esas había conocido a Cristóbal, intercambiando música y marihuana por clases particulares de dibujo y pintura.

–Batito, cuanto tiempo –dijo Francisco – ¿Qué te habías hecho?

–¡Buenas Chito! –Dijo apenas reaccionó Cristóbal –. Estaba estudiando en Argentina pero me aburrí y me volví.

–Que bueno –Respondió Francisco –. Avancemos que ya esta en verde –dijo mirando al semáforo.

Cristóbal siguió a Francisco por un montón de calles y pasajes hasta llegar a una plaza, más o menos desierta. Ahí se estacionaron y Francisco saco de su morral algo que dijo que tenía guardado para una ocasión especial. Hizo un paquete de más o menos cinco pitos y se lo regalo a Cristóbal, que los acepto encantado, y se hizo uno para fumarlo. A la media hora ya estaban hablando sobre “hoyos negros en el espacio desgarrado”. Cristóbal se había olvidado de que tenía planes para ese día. Estaba ido. Nunca había probado el skunk, una variedad de marihuana muy eficiente.

Cuando el efecto estaba bajando Francisco preguntó:

–¿Y en que andas?

–Trámites –Respondió Cristóbal – Buscando donde vivir. Me voy de mi casa.

–Ya ¿Y como piensas pagar el lugar?

–Yo cacho que voy a vender unos cuadros que hice, y varios dibujos en alguna feria –respondió hablando muy lento.

–Parece que andas de suerte huevón –dijo Francisco sonriendo, con los ojos chiquitos–. Tengo un amigo que esta arrendando un espacio. No es tan grande pero esta preciso para un taller, es un Galpón donde guardan figuras de mármol, a veces las van a sacar. Hay un segundo piso, ese seria tuyo. No es muy privado, no vas a poder “pisar” por ejemplo, o si quieres sí, depende que tan cara de raja seas.

Partieron en las bicicletas a visitar al amigo de Francisco, un tal Nico, parecido a su amigo, pelo largo, rubio, no muy limpio, desordenado, algunos dreadlock, barba pero no bigote, iguales en estas características; se diferenciaban en que Nico era mucho más alto, cerca del metro noventa quizás. Además de que su tono de voz exageradamente ronca y profunda acusaban su origen más acomodado, mucho más que Francisco por lo menos.

Cuando llegaron al galpón un montón de hombres estaba cargando un camión, con cajas llenas de figuras y algunas esculturas de mármol.

–Buenas Nico –dijo Francisco.

–¡Hola Chito! –Respondió Nico mientras dejaba una caja en el suelo, para darle la mano y un beso en la mejilla.

–Este es el Batito –Dijo Francisco señalando a Cristóbal –, un amigo que anda buscando donde vivir, lo echaron de su casa al pobre. Lo pillaron masturbándose.

–Si fuera por eso tu estarías desterrado el país huevón –Dijo riendo Nico – No se preocupe compadre –Dijo ahora dirigiéndose a Cristóbal – Resista, la manflifla es un estilo de vida. Ya cabros, déjenme terminar acá –tomando de nuevo la caja-- y estoy con ustedes en cinco minutos.

Después de un rato Francisco le dijo a Cristóbal:

–Te dejo acá un ratito, tengo que ir a macabear. De ahí vuelvo.

--Anda, no te preocupes –respondió Cristóbal.

Como un cuarto de hora después Nico terminó de cargar el Camión y se despidió de los trabajadores. El camión se fue y Nico troto hacia el lugar donde estaba Cristóbal.

--Disculpa la espera hermano. Ahora estoy contigo –le dijo apurado.

Saco una llaves de su mameluco y abrió una puerta al fondo del galpón, tras la cual había una escala, por la que Nico subió y desapareció, apareciendo luego por un balcón arriba, en el segundo piso; y grito: «¡Sube nomás!».

Cristóbal hizo caso y subió esa escala que tenía forma de espiral. Al final de ella había una habitación, más o menos del porte de su pieza, las paredes eran de granito, el piso tenía un flexi roto y resquebrajado en varias partes; no había ni un mueble, ni una escultura ni nada, solo una ducha en un cubo de vidrio empañado en donde Nico se estaba lavando las axilas y el torso. Salió, se echo desodorante, y se puso una camiseta sin mangas. Miro a Cristóbal y le dijo:

–El cagadero esta abajo por si acaso. –Luego dijo –: ¿Quieres fumar? –Mientras abría su morral y sacaba una pipa de agua muy bonita.

–Ya fumé. Por si acaso ando con skunk –agregó.

–¿La dura? –Preguntó Nico –. Fumamos juntos entonces. No te va hacer mal un poco más.

Fumaron y le contó que la bodega le pertenecía a su papá y que le había prestado el espacio para hacer esculturas de mármol, pero que se había aburrido de eso y ahora tenía pensado irse a vivir a Valdivia para dedicarse a al activismo ambientalista; que podía ocupar el lugar desde el días siguiente si quería. A Cristóbal le encantó la idea y aceptó. Además le contó que había estudiado Derecho, Física y Biología y ninguna había terminado. Cristóbal solo escuchaba las historias de Nico, estaba demasiado “pegado” para ocurrírsele algo para decir.

Así paso el tiempo hasta que llegó Francisco con su novia, una chica que a Cristóbal le pareció demasiado linda y joven para su amigo. Morena de ojos claros, pequeña, dientes perfectos; usaba un abrigo verde, largo, cerrado hasta el cuello y un sombreo de hongo. A Cristóbal le recordó a Vivianne y deseo que estuviese ahí.

–Chicos, les presento a Carito –dijo Francisco.

Saludo a dos besos, uno en cada mejilla, a cada uno.

–Trajimos unas pilsenes, dijo Francisco.

Se pusieron a conversar sobre todo y nada por un largo rato.

Después de la quinta cerveza Cristóbal no recordó más. Solo despertó tirado en el piso tapado con una chaqueta que por el porte tenía que ser de Nico. Miro al techo y le gusto como se colaba el sol a través de lo huecos del zinc y más bello aun le pareció los ventanales de colores que estaban puestos sobre una pared. El lugar perfecto, destinado para él, pensó.

Así paso un rato contemplando el lugar mientras se le pasara el entumecimiento. Cuando al fin paso, se levantó y tomo su bicicleta que estaba guardada en el baño de abajo, junto al cagadero y volvió a casa.

Camino a casa, se sentía como de dieciséis años. Y tal vez tenía razón. Se comportaba como tal, mirando a las mujeres por las calles. Cada mujer que se parecía a Vivianne era como una pausa mágica en el tiempo que se sostenía y derrumbaba tristemente al descubrir que no era.

En algún momento tenía que vérselas con este cuestionamiento. Tarde o temprano. Él lo había evitado hasta ahora, y ya no importaba si era tarde o temprano, era simplemente el momento. Con el viento soplando en sus cabellos y en su polerón de canguro abierto, con la adrenalina arriba. Se trataba de que si fracasaba iba a tener que madurar de golpe, diez años por lo menos, y madurar era simplemente dejar de soñar, resignarse a la realidad, poner nuevamente los píes sobre la tierra, que se reviente el globo, etcétera. A fin de cuenta poner los píes sobre la tierra en realidad, para él, era verdaderamente quedar a la deriva. Miraba a la gente alrededor, todos hablando de amor, de enamorarse, a las parejas que conocía, a sus propios padres, y definitivamente, pensaba, eso no era amor. “A la gente le gusta pensar que están enamorados, por todo ese royo de la comedia romántica y lo demás” pensaba”. “Sin embargo él, era afortunado, había encontrado el sentido de la vida en su más alto grado, el amor; y todavía no era tarde para salvarse y salvar a Vivianne de vivir a la deriva”, pues como había leído en La Critica a la Ideología Alemana, “solo podemos soñar aquello que nos es posible”. Tenía que demostrarse entonces que la única forma de aterrizar de los sueños era sobre la realización de estos. Solo se puede despertar de ellos cuando los hacemos realidad y esto se lo tendría que decir tarde o temprano dentro de esta vida a Vivianne y también a su hija, concluyo Cristóbal mientras en su walkman terminaba de sonar Good Vibrations de los Beach Boys.

Cuando llegó a casa de sus padres solo estaba Romina. “Mejor”, pensó, así no tendría que dar explicaciones por la hora. Reviso sus cosas. No podía llevarse todo, así que tuvo que hacer una selección; nada que le disgustara, todo lo contrario, para el toda experiencia de selección de libros y discos era una experiencia sicoanalítica, una revisión de su interior, de su alma a través de las cosas que sentía, necesitaba en ese momento.

Empacó lo necesario, su equipo de sonido, sus dibujos; lo que le recordó que ese día ya deberían haber llegado los cuadros que había enviado desde Argentina. Además de eso llamó a un primo para que le prestara una estufa a gas o parafina; y rápidamente atacó la habitación de su mamá para buscar las llaves del jeep que por suerte no lo habían llevado y no se lo prestarían si lo hubiese pedido, porque de pura flojera nunca había sacado licencia de conducir.

Puso todo cuanto había ordenado y seleccionado en el jeep, mientras Romina lo miraba con cara de recriminación y le decía:

–Mejor no salgas, mira que los pacos andan muy delicados últimamente.

–No te preocupes –Le respondió Cristóbal – si hago cortito este trámite; voy y vuelvo. Nadie tiene porque enterarse.

Romina solo miró con resignación cuando el hijo de sus jefes terminaba de amarrar al techo su colchón.

Ese día Cristóbal solo se dedicó a ordenar y acondicionar su nuevo hogar. Dejó su colchón con algo de ropa de cama en un rincón, arregló una gotera que tenia la ducha y un desperfecto en la estufa a parafina que consiguió con su primo, armo una repisa para sus libros, colgó algunos cuadros y finalmente cuando había terminado todo se puso a pintar a óleo. El olor a óleo fresco mezclado con el de la soldadura era el toque que le faltaba al lugar. “Quedo con mucha onda” –pensó Cristóbal.

Al día siguiente cuando despertó se fumó un cigarrillo en la cama y pensó en que iba a necesitar más frazadas. Aparte de eso, pensó, eran las cinco de la mañana y sabía que no iba a poder seguir durmiendo, así que se puso a escuchar música y a cantarla, tararéala, gritarla mientras saltaba por toda la habitación. Empezó con el Evil empire de Rage Against the Machine y continuo con Faith no More y su King for a day… Fool for a Lifetime.

Ya a las nueve, no había más que hacer, así que decidió no aplazar más aquello de su encuentro con Natalia, así que decidió bajar. Ya en la calle preguntó por un teléfono público. Lo encontró en una tienda de abarrotes que se encontraba a unos tres minutos caminando a paso normal. Desde ahí llamó a Natalia. Lo atendió una voz masculina. Él preguntó si se encontraba su amiga y no hubo respuesta, tuvo que esperar cinco minutos en el auricular hasta que escucho un “alo”.

–Alo, Nata –respondió Cristóbal, aliviado de no haber llamado en vano.

–¡¿Cristóbal?! –Dijo Natalia al reconocer la voz de su amigo – ¿Donde estas?

–Aquí en Conce. Me vine antes de ayer.

–¡Que buena! Lo último que supe de ti era que habías tratado como el hoyo a la Yasna por teléfono –Señalo Natalia al parecer un poco en tono de recriminación.

–Sí, es verdad –dijo Cristóbal –, dile que me disculpe la próxima vez que la veas. Es que ese día me pilló en mal pie.

–Ah, no te preocupes –respondió Natalia un poco riéndose de la preocupación de su amigo –, si es una broma, además no creo que le importe mucho, tu sabes como es esa huevona.

–No, no sé –Respondió Cristóbal antes de hacer una pausa insegura –. ¿Y que vas a hacer hoy? – reanudó.

Natalia pensó un segundo y respondió:

–No tengo nada pensado ¿Y tú?

–Dime, ¿todavía tienes tu bici? –dijo Cristóbal como ignorando la ultima pregunta –; porque había pensado que podíamos ir a dar un paseo ¿Qué te parece un pique hasta el Parque Lota? Ahora mismo ¿Qué te parece en media hora?

–Genial –respondió contenta – tengo muchas ganas de verte. Dame una hora.

Tres cuartos de hora más tarde Natalia llegó en su bicicleta al lugar donde ahora vivía su amigo, e insistió en conocer por dentro el taller.

–Que quieres que te diga –le dijo Natalia a Cristóbal –, encuentro que estas pintando la raja ¿Es como hindú el estilo o no?

–No lo sé –Respondió Cristóbal, con sinceridad – tal vez marroquí. Parece algo oriental, pero no sabría decirte. Ahora que lo dices, puede ser medio hindú. Yo solo pinto lo que me sale. No sé mucho de pintura, pienso más en arquitectura y planos cuando lo hago.

–La cara de la niña que sale en algunas pinturas me parece familiar –dijo Natalia como indagando, le pareció a Cristóbal.

–Siempre pasa eso –Dijo Cristóbal tratando de desviar la atención – La gente relaciona el arte con cosas que conoce de antemano ¿Nos vamos? –dijo finalmente, interrumpiendo su propio discurso.

La mañana estaba perfecta para un paseo, había un sol resplandeciente pero hacia frío, así que pedalearon algunas horas hasta el parque, mientras lo hacían Natalia le hablaba sobre lo que pasaba en la U, pues ella todavía estudiaba, estaba en el último año de arquitectura; sobre sus proyectos, su vida, incluso sobre sus intimidades, como si el tipo que tenía al frente fuera su amiga. Cristóbal solo pensaba y hacia pequeños comentarios sin importancia, esperando que de una buena vez la chica le hablara sobre Vivianne. Cuando ya no aguantó más, preguntó:

–Así que la Vivianne fue mamá.

–Sí –respondió –. Se llama Daniela la guagüita-- Agrego Natalia.

–¿Paremos acá? –pregunto Cristóbal, que sin esperar respuesta se acerco a una árbol y se sentó debajo, desde donde había una vista espectacular.

Natalia hizo lo mismo, abriendo su bolso de donde saco unas galletas.

–Son de macoña, las hice para vender en la U, antes de ayer – dijo levantando las cejas, tres veces seguidas.

–¡Que bien! –dijo Cristóbal-- yo traía para fumar, pero definitivamente siempre es mejor comérsela que fumarla. Es mejor para la salud –agregó.

Natalia volvió a cambiar de tema para desesperación de Cristóbal, lo que lo obligo a interrumpir de manera más osada

–¿Oye? –dijo –. Podrías darme la dirección de la Vivianne. Para visitarla, quiero conocer a la niña, ¿Daniela me dijiste que se llamaba? –Pregunto solo para disimular. Tenía el nombre grabado a fuego. D--A--N--I--E--L--A.

Natalia no se hizo problemas para darle la dirección, pero después dijo:

–¿Sabes? Yo creo que en un momento tú y Vivianne tuvieron algo.

Tras un breve instante de silencio mirándose a la cara, Cristóbal asintió levemente con la cabeza y pestañó.

–¿Sí?– Rió y antes de que Cristóbal pudiera decir cualquier cosa, dijo--: La parejita… cual de los dos más especial y creativo. Fue hace menos de una año –prosiguió – cuando fue el carrete palestino ese, cuando ella se fumó o se comió no sé que droga y quedo para la cagada y tu la andabas trayendo de la mano. Yo los ví. ¿Y por qué lo mantuvieron tan en secreto? La Vivianne siempre se corre cuando le insinuó algo de eso ¿Quién mas sabe? –concluyó.

–Sabe el Chito –Respondió Cristóbal –, Juanita su hermana, la Karen mi hermana, y varios más que tu no conoces. Creo que a ninguno de los dos le interesaba hacerlo publico. Después simplemente desapareció. Siempre que la llamaba me decían que no estaba y se arrancaba de mí cada vez que nos veíamos.

--Que raro –Consintió Natalia--; y de repente apareció embarazada y con un pololo que nadie conocía. En una de esas la Danielita es hija tuya –dijo en tono de broma.

Tras un silencio incomodo Cristóbal preguntó:

–¿Tu conoces al tipo, al pololo?

–Sí, lo conozco. El Víctor, Vitoco le dicen, es un plato, me cago de la risa con él –respondió Natalia –. Es como un humorista.

–¿Vive con ella? –Siguió inquiriendo Cristóbal.

–Pucha que estas interesado… No. Tienen pensado casarse por lo que me contaron, pero el Víctor tiene algunos problemas personales que resolver todavía.

–Ah ya –dijo Cristóbal –, o sea que están enamorados.

–Eso dice ella –Respondió Natalia –. Así es el amor, simple. Lo de ustedes era súper místico y pudo ser una bonita historia pero… –cayó sin ser interrumpida, estaba ya muy pegada. Y Cristóbal también, por eso no siguió preguntando.

Después de otro rato de silencio contemplando el horizonte, ya eran las cinco de la tarde, Cristóbal suspiró y dijo:

–Enamorada. –ya sin poder ocultar la decepción.

–O sea sí, pucha Cristóbal –dijo en tono lastimero Natalia – eso dice ella y yo tiendo a creerle. Si me dice que el Víctor la tiene de treinta centímetros no le creo, pero si me dice que esta enamorada, es porque esta enamorada –remarcó.

La vuelta fue silenciosa, Cristóbal no dijo palabra, sentía un gran pesar en los hombros, como si tuviera una pesada mochila.

Más tarde, llegaron al taller y Natalia compró una cerveza de litro y se la tomaron de la botella sentados en la cuneta de la calle. Y comenzó de la nada a contarle de aquel hombre que le había contestado el teléfono en la mañana. Estaba casado, le contó Natalia, y ya llevaban seis meses de relación.

–Seis meses es suficiente tiempo –dijo Cristóbal – para darte cuenta de que no va a dejar a su esposa ni a sus hijos por ti, si lo quisiera ya lo hubiese hecho, y si los llegara a dejar ten en cuenta la posibilidad cierta de que vuelva al poco tiempo con ellos.

–Lo sé –respondió Natalia – pero por ahora me agrada estar con él, creo que estoy enamorada, pese a que es muy distinto a mi en muchos aspectos.

–¿Cómo distinto? –preguntó Cristóbal.

–Pechoño y poco inteligente comparado conmigo –respondió rápidamente Natalia.

–Más encima facho –dijo más rápidamente Cristóbal.

–Así es mi querido amigo –concluyó ella, un poco sonrojándose.

–¿Sabes Nata? –Dijo Cristóbal casi entusiasmado – debe haber muchas cosas que decir en este momento, pero solo se me ocurre una: “Esa mierda no es amor”. –concluyó como sacándose la carga que traía sobre si desde que bajaron.

Natalia lo miró como si tuviese algo claro y contundente que decir, pero finalmente calló.

En la noche Cristóbal se sentía satisfecho y aliviado por haberle dicho eso a Natalia con respecto a su pobre idea del amor. Pensó bastante antes de quedarse dormido.

Al amanecer sin recordar lo que había soñado exactamente, una palabra lo atormentaba, definitivamente había soñado con ella, era la palabra, “místico”. La había mencionado Natalia pero no había entendido que significaba para ella, así que decidió llamarla para preguntarle. Esperó hasta las nueve y fue a la tienda a comparar algunas cosas para el desayuno. Frente al teléfono, no alcanzó a marcar todos los números, porque pensó que se vería muy obsesivo de su parte llamar solo para eso, muy evidente por lo menos.

Volvió a su casa y revisó sus trabajos, se sorprendió a si mismo cuando descubrió que la gran mayoría de sus trabajos últimos estaban referidos a la idea del nacimiento, a comenzar la vida de alguna forma u otra, por que no estaba leyendo nada que pudiese estar relacionado con el tema, ni pensando, ni nada. No pensaba en realidad nada aparte de en Vivianne y en su propio futuro con y sin ella. De todas formas se le ocurrió por un momento que en sus trabajos había una cierta continuidad “mística”, un lenguaje subliminal; pero después de un rato entendió que era un síntoma de neurosis. La neurosis era lo mínimo que podía experimentar una persona tan confundida, concluyó.

De todas formas fue a casa de sus padres a buscar una cámara para fotografiar los cuadros.

Solo al otro día decidió empezar a llevarlos a una feria cerca del Parque Ecuador. Tomó sus cosas y partió. Antes de partir se dio cuenta de que entre el taller y la feria se encontraba el edificio donde Natalia le había dicho que estaba viviendo Vivianne. Pasar por ahí definitivamente no era el camino más lógico para llegar, pero era un camino coherente, un camino posible por lo menos, no absurdo.

Con el paso de las semanas Cristóbal empezó a vender. Vendió un cuadro y varios dibujos, a un precio que de cualquier forma le parecía bajo, pero suficiente para vivir. Decidió además, que tendría que aprender a hacer retratos para aumentar la ganancia. Comenzó practicando con fotografías, antes del mes, empezó a ofrecer retratos. Por lo general comía poco, nunca fue una persona muy golosa tampoco, pero nunca le faltaba. Casi todos los días alguien lo visitaba, algún amigo, un pariente un ex compañero, etcétera. Y llevaban para comer, beber y para la mente también; es que además de que Cristóbal siempre fue considerado buena compañía, había hecho del taller un lugar casi psicodélico, las pinturas que tenían una profundidad en la que los observadores se sentían como hipnotizados, estaban ordenadas de una forma determinada, la iluminación, todo dispuesto de tal manera que daba la impresión de algo así como un observatorio espacial, junto a un celeste, inmaculado e infinito mar, con sirenas y ballenas voladoras. Todo estaba diseñado para estimular la mente, más aun si la mente ya estaba estimulada por alguna otra cosa.

De Vivianne no hubo noticias. Fue después de un mes que al fin la vio. Iba ella con un coche, a su lado un hombre que debió haber sido su novio; pero fueron tantos los nervios que Cristóbal ni siquiera lo miró, solo la observó a ella que se veía feliz y mirando con cara de enamorada a la que estaba dentro del coche, a quien Cristóbal no pudo ver. Después Cristóbal se arrepentiría por un momento de no haber visto a quien iba al lado de Vivianne, pero luego pensó que no importaba, era más relevante el hecho de que ella se veía feliz. Entendió que el punto no era solo hacer feliz a alguien, sino que tenia que probar una cosa trascendental. Por lo tanto el que se viera feliz al lado de su hija y su novio, era solo un dato de la causa. No suponía que ella se encontrara mal, nunca supuso eso. Se había propuesto ser el hombre más determinado del mundo, el fracaso total era el único miedo, nada anterior a eso lo iba a detener ni a debilitar, se dijo.

Los trabajos en la feria y los carretes en su taller le permitieron a Cristóbal meterse en la escena musical penquista, eso permitió que le ofrecieran trabajos como artista visual en un pub diseñando interiores, así que pasaba varias de sus noches escuchando música en vivo, blues, o jazz o simplemente rock. Comenzaba a gustarle esa vida. El tiempo se iba rápido entre todos sus quehaceres, casi no le quedaba tiempo para pensar, cada vez que lo hacía, pensaba en Vivianne, pero cada vez más Daniela se apropiaba de su mente, sin conocerla, sin haberla visto, lentamente conquistaba un territorio virgen dentro de su mente. Todavía le parecía sentir que su pintura le estaba diciendo algo, pero como el mensaje le aparecía tan implícito, prefería tratar de ignorar esta idea.

Más o menos tres semanas después de su primer encuentro con Vivianne ocurrió lo inevitable. De vuelta a casa volvió a tomar el camino acostumbrado para pasar frente al edificio donde vivía Vivianne, con la mente en las nubes como de costumbre se encontró de golpe con Vivianne a dos metros de distancia. Sola. Con Daniela en los brazos.

–¡Vivianne! – exclamo asustado al darse cuenta.

De un salto la chica se giró pálida del susto.

–¡Me asustaste tonto!– Dijo.

–Oh, perdóname es solo que es una sorpresa muy agradable encontrarte –dijo Cristóbal dudando de que estuviese despierto.

Vivianne no cambió su actitud. Aun lo miraba con miedo, callada, muy a la defensiva con Daniela en los brazos. Cristóbal estiró su brazo para tocar a Daniela, mientras a Vivianne no le faltaban las ganas de negárselo; pero ya no podía hacerlo. Le acaricio la cabeza y el cuello a la bebé. La bebé giro su cabeza, con solo mirarlo se agitó, movió los brazos, como si estuviese alegre, pensó Cristóbal.

–Así que ella es Danielita –Pronuncio Cristóbal, como si lo hiciera con el ultimo suspiro – es preciosa. La más linda de todas. Se parece a ti, tiene tu nariz –Dijo mientras le tocaba la naricita suavemente a Daniela – y tu boca.

–Sí, gracias –dijo Vivianne –. Tenemos que irnos, que hace frío y se puede resfriar la Dani.

Caminó, y Cristóbal se quedo parado un segundo. Después como despertando de un sueño, la siguió. Cuando se puso al lado de Vivianne ella preguntó sin mirarlo:

–¿Y que ha sido de tu vida Cristóbal?.

–Nada… o mucho. Muchos proyectos y cosas pero nada realmente importante como lo tuyo –remarcó Cristóbal con las manos a modo teatral – Ser mamá y todo eso.

–Es verdad, estoy enamorada de ella, es mi luz, es mi todo.

–Pero además…–se detuvo Cristóbal–. No, mejor no digo lo que iba a decir –dijo sin tener nada realmente que decir.

–Ay Batito –dijo Vivianne sonriendo entre el hastío y la ternura –, creo que soy demasiado simple, demasiado torpe para entenderte.

--No es cierto –dijo Cristóbal entre dientes, pero con voz lo suficientemente audible.

–¿Y que me dijiste que andabas haciendo por acá? –preguntó Vivianne, como si no hubiese escuchado la última negación.

–No te he dicho –le respondió –. Buscando un libro de arquitectura que necesito --Mintió.

–Ah, pero esta es la calle donde venden los libros. –Le señalo la esquina siguiente.

–Así es –respondió Cristóbal decepcionado.

–Ya. Me despido. Fue bueno verte y saber que estás bien, como siempre. Adiós –Dijo Vivianne mientras le daba un beso en la mejilla.

–Hasta que el destino nos vuelva a juntar por ahí –dijo Cristóbal –. Adiós Vivianne. Adiós Danielita.

La sensación siguiente fue extraña, estaba claramente emocionado, la vieja idea de las simetrías revivió en el y se renovó. Ahora además sintió que Daniela era parte de esa simetría, perfección del destino. Perfección produciendo nueva perfección. El mundo tenia sentido, no había más que mirar a Daniela para darse cuenta que la vida no podía ser un azar. Que los hombres hayan pensado equivocadamente que la vida no tenía ninguna dirección solo se debía, pensó Cristóbal, a que habían preferido vivir de espaldas a tanta belleza. Existe un orden en que todo calza, por eso el gran poder es el poder de la observación.

“Observa, no dejes de observar”, se repetía constantemente, “no bajes la guardia, no bajes la mirada, todo saldrá bien, todo se acomodará, según designios naturales”.

Por otro lado la desesperación se apoderó de él, sabia que había perdido una oportunidad única, había sido sorprendido con la guardia baja. Qué posibilidades había de tener una vez más esa suerte. Ninguna, pensaba a veces.

Así se le pasaron los días. Se juro que la próxima vez sería directo y le diría exactamente lo que pensaba. Incluso un día en la plaza, en un rato que tuvo libre, tomó uno de sus lápices y comenzó a escribir una carta que pensaba seriamente enviársela a Vivianne. Arrugó el primer papel, estaba muy rebuscado, el segundo le pareció cursi, el tercero simplón, al sexto intento se resignó a que no iba a funcionar. La escritura definitivamente no era lo suyo; nunca lo fue; tampoco era un desastre; pero se trataba de escribirle a Vivianne que sí era una privilegiada en ese sentido; le era innato, lo tenia en la sangre por la herencia paterna. Pese a que no había conocido mucho a su padre, las abandonó, a su madre, a su hermana y ella cuando aun eran muy niñas. Era un escritor borracho y fumón que se fue tras una estudiante de diecisiete años, y había vuelto solo a morir de cáncer a los pulmones, como lo hacen los perros cuando Vivianne ya tenia dieciséis años. Así lo había contado alguna vez ella.

Y los días seguían pasando y Cristóbal seguía creando, inventando, produciendo; incluso le ofrecieron montar una exposición con su obra, el respondió que lo pensaría. En una mañana de esas llegó hasta su taller Mónica, su madre. Se sentía, dijo, ofendida y triste por el abandono de su hijo. Cristóbal trató de explicarle, pero no tenia excusa, así que solo le pidió que lo perdonara, y que por favor le permitiera pasar con ella ese día.

Siempre le había gustado salir con su mamá a hacer trámites. Antes lo hacían una vez al mes, desde niño cuando ella le compraba helados de lúcuma bañados en chocolate. Con los años esos paseos comenzaron a ser confesionarios mensuales. Él le contaba todo lo que le pasaba y ella intentaba aconsejarlo, aunque Cristóbal sentía muchas veces que ella misma estaba muy confundida en la vida, pero le agradaba que lo intentara y que le preocupara. Ella también le contaba cosas, cosas que no le contaría en otro momento sino en el paseo mensual, no cosas grabes pero cosas que por lo menos le hicieron desidealizar la relación de sus padres desde muy niño.

Esta vez sabía que intentaría confesarlo, pero se había propuesto no involucrar a nadie más en esto. Era probable que no lo entendieran y que lo cuestionaran, eso debilitaría su determinación, que a esas alturas era su más valiosa y casi única carta de triunfo.

No le contó nada sobre Vivianne, de la cual no tenía muy buena opinión, la conocía de los festivales de musica florclorica en que Mónica participaba en la organización y de jurado y Vivianne como artista, pero pensaba que Cristóbal necesitaba una persona menos complicada, menos bohemia, no una cantautora de jazz y folclor. Ella consideraba que Cristóbal era un “niño de su casa” jugando a en el mundo de los artistoides, pero que finalmente volvería a lo que “esencialmente” era.

Menos le iba a hablar de que probablemente era abuela de la bebé más hermosa que jamás él había visto. Le habló de sus proyectos, de que estaba interesado en el arte visual, la vanguardia, pero desde el punto de vista de la arquitectura. De que en el último tiempo había pensado posibilidades geométricas originales, que podría con el tiempo incluso proyectar una nueva escuela vanguardista dentro de la arquitectura. Todas esas cosas de las que una contadora como Mónica no entendía una palabra, pero le gustaba saber que su hijo estaba entusiasmado con algo.

Después de almorzar en una terraza de un restorán Mónica tenía que ir a la Catredral de la Santisima Concepción a conversar algunos asuntos con un cura, asuntos de las actividades de la iglesia; ella era una devota. Así que le dijo, que lo dejaba en libertad de acción. Pero Cristóbal ya había perdido todo el día de todas formas si quería vender cuadros y retratos, así que se ofreció a acompañarla.

Mientras su mamá estaba en la oficina, Cristóbal decidió pasearse por la catedral, para revisar detalles de la arquitectura. Siempre le había gustado ese lugar, se sentía seguro dentro de ella, y ahora que pensaba todo en términos arquitectónicos además le parecía interesante. Miraba, observaba cada rincón, media mentalmente como calzaba y coincidían de determinadas manera las estructuras básicas de ese edificio, los pilares que coincidían de tal o cual forma con las ventanas, o con el ancho total, o lo largo por lo alto, etcétera. Había leído hacia muy poco de Giles Deleuze, El Pliegue: Leibniz y el barroco y le interesaba mucho el tema, creía de verdad que había un saber, una filosofía detrás de la arquitectura barroca, acallada y olvidada por la modernidad. Pero era consiente de que si existía tendría que estar relacionado con el asunto de la revelación, con Dios y de verdad que eso era una de las cosas que nunca le interesaron a Cristóbal. Era más o menos agnóstico, pero no confeso. Si le preguntaban decía católico solo para salir del paso. No que no creyese en Dios, pero no le calzaba la idea de que el cristianismo fuera la única verdad. Aunque en esta ocasión sentado en un banco frete a la imagen del Cristo crucificado, dijo en voz baja:

–A situaciones desesperadas, soluciones desesperadas –y miro al imagen fijamente diciendo: Dios si alguna vez antes habíamos hablado ya no lo recuerdo, así que hagamos como si esta vez fuera nuestra primera vez. Resulta que si esto tiene que ver con alguien, aparte de mí, es contigo. Es que no entiendo lo que pasa, o lo entiendo a medias; tengo claro que he encontrado la posibilidad de la felicidad trascendental, la única persona a quien entiendo y que es capaz de entenderme, un cuerpo hecho para mi cuerpo. Entonces pienso, esto tiene que ver con una bendición tuya, se que no lo merezco, se que nadie merece ser tan feliz, pero si es voluntad tuya, yo lo seré; es posible; pero de ser lo contrario, si todas estas coincidencias y azares del destino han confluido, conspirado, de tal forma que finalmente la termine perdiendo para siempre, con todo y que yo sé que he tenido algunas oportunidades y las he desperdiciado de la manera más estúpida, creo que finalmente seria una maldad de tu parte, una trampa muy cruel, un castigo muy grande para un ser tan pequeño. Finalmente te doy gracias por Danielita. Si existes, deberías ser el Dios del pasado, del presente y del futuro…

Así estaba diciendo Cristóbal hasta que fue interrumpido por Mónica

–Cristóbal, disculpa que te moleste –dijo entre preocupada y enternecida al ver que su hijo estaba rezando – ¿…Estabas rezando?– sonrío.

–No. Hablando solo –dijo Cristóbal sonrojado.

–Ya terminé de hablar con el padre –dijo Mónica sin dejar de sonreír – ¿quieres que te acompañe un rato o te dejo solo?

–No, vamos juntos. Si le digo mamá, solo estaba hablando conmigo mismo –insistió.

–Pucha, no debí haberte interrumpido –concluyó la mujer.

El hijo miro a la madre con aburrimiento, y finalmente ambos salieron del lugar.

No más de una semana después, un día en que Cristóbal no había querido ir a la plaza para ordenar algunas cosas, pero de todas formas terminó yendo en la tarde. Tenía deseos de encontrarse con cualquier amigo de la feria, para tomarse una cerveza, fumarse un pito o solo para conversar. Tomó el camino acostumbrado, pasando por el frente del departamento de Vivianne. Mientras caminaba por esa cuadra, se cruzó con un hombre joven, no mucho mayor que él, no mucho más alto que él, pero más corpulento, no gordo pero ancho de espaldas. Era Víctor; el novio de Vivianne. Solo lo vio de pasada una vez, sin percatarse de él, hacía ya más de un mes. Él mismo pensaba que no lo había visto, sin embargo por alguna razón lo reconoció en seguida. Un tipo rubio, camisa celeste, jeans azules, hablando por celular. Ya en general, Cristóbal odiaba los celulares y la gente que los usaba. No se demoró un segundo en decidirse a seguirlo disimuladamente. Lo siguió por toda la cuadra y después cuando cruzo la calle, decidió acercarse más. Víctor bajo por un subterráneo y Cristóbal ya estaba justo al lado de él. Ahí se percató de que era un tipo bastante más varonil que él, totalmente menos infantil físicamente. Además de su olor; fuerte, a perfume de hombre y tabaco. Abajo, Víctor, abrió su auto, un sedan BMW y Cristóbal pasó de largo y salió por el otro extremo del estacionamiento, no sin ates mirar a Víctor a los ojos, a sus azules ojos.

Después de eso se dio una vuelta, se tomó una cerveza solo en un bar y volvió a su taller.

En la noche, sentado en el borde de los píes de su colchón en el piso, con el disco unplug de Los Tres de fondo, prendió un cigarro y se tendió de golpe hacia atrás. A la primera fumada, expulsó el cigarro con los dedos, como lanzando una bolita de cristal, El olor le recordó a Víctor. De verdad lo había afectado aquella escena en el estacionamiento. Se levantó y se fue hacia un espejo de cuerpo entero que estaba en una pared. Miró su reflejo, su cara, su cabello corto, pero lo suficientemente largo como para estar siempre desordenado, su barba de puras pelusas, notoriamente más rubia que su pelo, su papá le recomendaba siempre que se la sacase; su polerón de canguro con el cierre abierto, sus pantalones de tela azul marinos, anchos; zapatillas; todo oscuro. Todo daba la impresión de que recién se estaba levantando. Se quitó el polerón y la camiseta negra manga larga con el emblema de la Universidad de Concepción y contempló su cuerpo blanco, no lampiño del todo; delgado, con unos brazos no desarrollados, infantiles pensó Cristóbal, mientras con rabia se decía frente al espejo, soy un pendejo, soy un puto pendejo, mientras sonaba en el equipo Déjate caer.

Ya hacia más de un año alguien le había dicho que Vivianne no era para él. Su hermana Karen. Nunca fueron amigos. Ella era cinco años menor que él y muy distinta; si Cristóbal era el talentoso de la familia ella era la ingeniosa y la perceptiva. La que decía sin ninguna vergüenza y con mucha gracia aquello que nadie se atrevía ni siquiera a mencionar. Un día Cristóbal se la presentó como una amiga, pero ella se dio cuenta rápidamente de la relación, y se lo preguntó directamente. Cristóbal se lo confeso todo.

Fue en la época en que Vivianne ya se había desaparecido. Después de un recital de Los Tres en que Cristóbal se separó del grupo en el que estaba para ponerse a caminar por calles desiertas con el fin de aclarar la mente, en que se encontró a su joven hermana siendo asaltada por dos hombres. Cristóbal se acercó, la tomo por los hombros e hizo como que llamaba a alguien que se encontraba al otro lado de la calle. Esto bastó para ahuyentar a los asaltantes. Estaba sola y muy ebria, al parecer tenía pena porque había terminado con su novio. No quiso llevarla a casa en ese estado, no quería que nadie en casa la viese así. Le puso su chaqueta y le compró un queque para que le absorbiera el alcohol. Se sentaron en un banco de una plaza desierta, donde Karen se acostó con la cabeza en las piernas de su hermano, mientras este fumaba. De vez en cuando ella estiraba la boca para que Cristóbal le pusiese el cigarro entre los labios.

Ella le dijo:

–Gracias. Yo a ti te quiero mucho hermano.

Después:

–Eres la persona más inteligente y creativa que conozco. Te admiro más que a nadie y estoy orgullosa de que seas mi hermano. –Mientras Cristóbal le tomaba el pelo para que pudiese vomitar en un tarro de basura.

Y finalmente:

–Tú necesitas una mina que te quiera. Que se de cuenta de lo que vales, que sea aperrada y este dispuesta a jugársela por ti. –Dijo en la micro antes de quedarse dormida acurrucada en el hombro de su hermano.

Recordó esas palabras aquella noche, tendido a torso desnudo en el colchón. De hecho Karen podía tener razón, Vivianne había decidido abandonarlo y negarle a su hija, para enrollarse con un burócrata empaquetado. Cristóbal pensó en ese momento que tal vez se había formado una imagen totalmente equivocada de todo. Tal vez Vivianne y él no eran lo que se imaginaba. Tal vez eran muy distintos, y ella estaba viviendo la vida que le correspondía mientras él había dejado de vivir en nombre de una fantasía. Existía la posibilidad del error.

“Imagen equivocada”, dijo tendido en el colchón, “falsa conciencia de algo”. “Como si hubiese una conciencia verdadera sobre alguna cosa”, razonó esta vez. “No existe el conocimiento absoluto de las cosas, nada puede ser conocido en sus infinitas posibilidades, como querríamos los modernos. Solo conocemos lo que las cosas caprichosas nos quieren revelar de si. Las gentes también, como un iceberg, que nos muestra una parte, una brizna, una noción; pero esconde toda su extensión, toda su posibilidad”.

No se trataba de tener una conciencia verdadera sobre Vivianne, nunca la tuvo, ni la tendría. Es solo que todo, todo, se trataba de que a él se le había revelado una imagen, un fragmento que ni Karen, ni Natalia, ni Mónica, ni probablemente nadie jamás había visto nunca en ella, en su sonrisa leve o en su risa loca, en sus rodillas frágiles pulidas como de mármol y en sus pechos simplemente poéticos, en su olor a mujer, en lo que escribía, en sus ideales políticos, en sus discursos sobre tanta cosa que a veces eran sencillamente inocentes… en fin. No por eso era menos real lo que había percibido. No podía renunciar a toda esa magia sin comprobar de qué se trataba al final de la cuenta.

“Poder de observación”, se repitió varias veces, como cosa a que aferrarse, en la ducha y antes de quedarse dormido.

Al día siguiente la neurosis se hizo explicita y atacó por todos los flancos. Duda, miedo, autorecrimiación, autoflagelación, etcétera. Nada iba a salvarlo esta vez, ni el trabajo, ni la lectura surtían efecto. Estaba en crisis. Si alguna vez tuvo alguna claridad sobre algo ahora eso se había esfumado. Sabía que no lo resistiría en soledad. Necesitaba ayuda de otros esta vez. Pero no había nadie que lo pudiese entender. Él los había dejado afuera a todos de su problema y era imposible incluirlos a esas alturas.

Como suele ocurrir en estas situaciones limites, apareció una pequeña luz en toda esa oscuridad. Llegó hasta su taller Juan Andrés Orellana, un rockero bien tatuado dueño del pub al que Cristóbal le había diseñado el interior tiempo atrás. Quería conocer el taller ya que le habían hablado muy bien del lugar, y no se decepcionó, le impresionó lo que Cristóbal había logrado hacer de aquel pequeño espacio. También quería invitarlo cordialmente a una tocata que se realizaría en tres días en su local. Cristóbal no solo aceptó, además lo acompañó al pub ese mismo día. Quería revisar algunos detalles del diseño que había montado y ver que más se podía hacer, le dijo.

Al llegar al local Juan Andrés le ofreció un trago, a lo que Cristóbal no se negó. Pidió vodka solo con hielo. Mientras se lo tomaba revisaba los detalles, o más bien se admiraba de lo bien que le había quedado todo, los murales, la iluminación, el orden de los distintos elementos. Lo veía como si fuera un relato de alguna otredad, una obra ajena.

Así paso dos noches sin volver al taller, siempre que se empezaba a aburrir llegaba alguien que conocía, o por lo menos que lo conocía a él; que le terminaba invitando otro trago. Comió de vez en cuando algún maní o una que otra papa frita. Durmió por escasos periodos en las mesas, en la barra, incluso en el inodoro. En la tarde del segundo día apareció la cocaína, todo era lícito cuando se trata de la melancolía, frente a ella no hay héroes. De hablar, hablaba poco, casi nada, cuando lo hacía, daba discursos sobre física, geometría, sobre todo sobre las propiedades del sonido. A la gente que frecuentaba el lugar, músicos por lo general, les parecía muy interesantes estos temas, además de tener el placer de escuchar a un borracho que sabía; que tenia total propiedad de lo que estaba hablando. Al tercer día a medía tarde apareció Natalia con su amiga Yasna, buscando entradas para la tocata de la noche, al ver a Cristóbal lo saludaron.

–¡Cristóbal! –Dijo Yasna, que fue la primera que lo vio – ¡¿Cómo estas?!

–Bien, mejor que nunca –dijo Cristóbal con tono de borracho.

–¿Estás curado? –preguntó, esta vez Natalia.

–Así parece mi querida Nata –contestó.

--Ya, vamos –dijo Natalia con tono enérgico.

Llevaron a Cristóbal al auto de Yasna. Él se sentó solo en el asiento trasero mientras las niñas iban adelante. En el camino Yasna le recriminaba lo de la forma en que la había tratado cuando lo llamo a Buenos Aires. Entre sueños un ebrio Cristóbal se disculpaba.

Al llegar las chicas querían pasar al taller, Cristóbal se negó, cuando insistieron, simplemente arrancó y se metió corriendo al galpón, subió corriendo la escala. Saco un disco que traía en el bolsillo del polerón de canguro, que no tenía idea de cómo había llegado ahí, At the Drive--In decía en la portada y lo puso a sonar en el equipo y durmió por cinco horas.

Al despertar, se tomo una aspirina, se lavó las axilas y se sacó la camiseta negra con mangas largas y se puso una polera blanca entera, más ajustada, con bolsillo en un lado del pecho. Salió sin más; hacía frio pero tenia alta la temperatura corporal, probablemente la adrenalina. Se dirigió de nuevo al pub. Tenía una sospecha con respecto al nombre de una de las bandas que aparecían en el flyer. En la micro lo volvió a leer: “Luna de Junio”.

Al llegar al local sus dudas se diluyeron, escuchó una voz que le era simplemente inconfundible. Llegó a la mitad de la presentación de Luna de Junio. Sobre el escenario estaba Vivianne. Se fue a una mesa en un rincón, y le pidió a un conocido que trabajaba en el lugar que le trajera un Vodka con hielo. Se lo trajeron inmediatamente. Y se puso a contemplar los hielos de su baso y en como las luces azules y color carmesí se reflejaban a través de ellos al ritmo de ese jazz fusión. Sin pensar en nada durante todo lo que duro una canción de la banda. El siguiente tema Vivianne lo presentó como una composición personal, dedicada a la luz de su vida. «Luz otoñal», se llamaba el tema. Esta vez observó a Vivianne y puso toda su atención, no solo en la letra sino que en cada uno de sus movimientos, cada inflexión de su voz, cada cambio de tono. Al final del tema, no tenía más dudas y creía saberlo todo, todo lo que tenía que saber.

Se levantó y caminó hasta un rincón en el otro extremo del local, abrió una puerta que daba a un pasillo totalmente oscuro, que olía como a vomito y meado. Era curvo y al final se veía una pequeña luz, al llegar a ella se encontró con un montón de músicos conocidos por él. Todos con los instrumentos enfundados, fumando o tomando mientras conversaban. No quiso saludar a nadie, se quedó en la oscuridad, donde nadie lo veía. Después de cinco minutos Luna de Junio terminó de tocar. Los músicos venían discutiendo, al parecer por una descoordinación en el escenario entre el bajista y el acordeonista. Vivianne era la única que se veía contenta. Abrieron una puerta y entró toda la banda. Cristóbal, respiró profundo y dejó pasar tres minutos, hasta que se decidió a entrar. Era un típico camerino, un cuarto pintado de amarillo, con muchas luces, con algunos espejos. No muy grande, pero estaba atestado de gente.

La vio. Estaba conversando y riendo con una chica a la que Cristóbal nunca había visto y tomando en una copa un trago con naranja. Al ver a Cristóbal algunos de los músicos que estaban en ese camerino intentaron saludarlo, pero él los esquivó en velocidad, hasta pararse justo al lado de Vivianne. Ella en su habitual distracción no se percató de que lo tenía al lado. Hasta que sintió una mano que la tomaba de las costillas y la acercaba, y una respiración en su oreja. Con el ras del ojo pudo ver los ojos cerrados de Cristóbal y escuchó un susurro diciendo:

–Tenemos que hablar, ahora, por favor, tenemos que hablar. –Cuando la soltó ella estaba pálida y con la cara descompuesta.

–¿Qué pasa? –dijo, como si la voz no le pudiera salir. Con la mirada perdida entre el pecho y el cuello de Cristóbal.

Él no dijo nada. Solo puso las manos en su cintura como para poder sostenerse mejor sobre sus dos piernas.

–Ya –dijo ella–. Está bien, pero no ahora mismo, espérame un rato.

--Te espero afuera cinco minutos –dijo él con determinación –. Si no sales vuelvo a entrar.

Salió y se metió en la oscuridad del pasillo donde nadie lo viera. Aguardando. Se miró el reloj, habían pasado tres minutos apenas y ella apareció buscándolo con la mirada. La contempló; se veía mas linda que nunca, pensó. Con un abrigo verde, una blusa floreada y un pañuelo amarrado en la frente como un cintillo, con el mismo diseño que la blusa. Algo se había hecho en el pelo, estaba seguro, pero no se lograba percatar de que era.

--Te quiero Vivianne-- Dijo Cristóbal saliendo de la oscuridad.

Vivianne esta vez no se asustó, solo lo miró con los brazos cruzados y parada con desdén.

–¿En que sentido? –preguntó como si hubiese estado preparada para eso.

–Te quiero conmigo, a ti y a mi hija –respondió.

Cristóbal se acercó y se paró de espalda a la puerta del camarín bloqueándola por si quería huir en esa dirección antes de que el terminara lo que tenía que decir. Estaba todo planeado.

–¡¿De que estas hablando?! ¡Ahora si que te volviste loco!-- exclamó Vivianne, ahora si notoriamente asustada.

–Ya escuchaste. Nunca había estado más cuerdo y más claro –dijo él –. No es mi idea pelear la paternidad de Danielita, porque entiendo que tú la tuviste y la sufriste. Por eso lo que pido es que ambas estén conmigo. Mira yo entiendo que le va a doler al tipo con el que estas… –hizo una pausa y pensó lo hermosa que encontraba a la mujer que tenía al frente –, pero después se le pasara y serán amigos. Sabes que eso no puede pasar conmigo. Nos tiramos el uno al otro, irremediablemente…

–¡Cállate! –le grito esta vez –. ¿Sabes? –dijo bajando el tono –. Solo en una cosa tienes razón. La Dani es mi hija y tu no tienes ningún derecho –dijo mientras notaba que Cristóbal esbozaba una sonrisa totalmente disonante para el dramático momento –. Por lo demás no se quien te crees para hablar de Víctor. Yo estoy muy bien con él, como nunca en mi vida me he sentido al lado de alguien. –suspiró como si hubiese terminado-. Ahora déjame pasar, tengo que buscar mi guitarra. Ya va a venir Víctor a buscarme.

–No necesitas esa basura –dijo Cristóbal bloqueándole el paso y sonriendo.

Ella se giró y corrió hasta la puerta trasera del local, sin importarle la guitarra. Cristóbal la siguió hasta la calle. La alcanzó en la vereda, puso su mano sobre su hombro y la miró a los ojos, agachó la cabeza y dijo:

–No lo necesitas. No tengo idea de quien sea el tal Víctor –mintió – pero no lo necesitas; no necesitas a un policía que te cuide. Eres fuerte, es solo que todavía no te das cuenta…

–¿Qué sabes tu lo que yo necesito?-- dijo sacándose la mano de Cristóbal de su hombro.

–Lo sé, porque necesitas lo mismo que yo. Un compañero, alguien que te entienda, que esté loco por saber que tienes que decir, que esté contigo en lo que te pasa para enfrentarlo juntos –dijo con voz apasionada pero con ritmo plano. Como un discurso repetido mil veces –. Como no lo vez mi amor –prosiguió –. ¿Que eres la única ciega que no ve que yo estoy hecho para ti y tú para mí?...

–¡Cristóbal! –interrumpió Vivianne. Esta vez con los ojos llenos de lagrimas –. Batito, por favor, yo estoy enamorada y no de ti, no te quiero de la forma que tu me quieres, lo siento…

Cristóbal levantó la cabeza para mirar el BMW del novio de Vivianne, que se estacionaba a unos diez metros del lugar en que estaban ellos. Cuando Víctor bajó, ella corrió a refugiarse en sus brazos llorando en su regazo.

Cristóbal los miró a ambos altivo, negó con la cabeza, y se fue a esperar la micro, tranquilo, con un sabor dulce de todo lo que había pasado. Llegó al taller, se duchó después de tres días sin hacerlo y durmió doce horas seguidas esta vez.

Al día siguiente, se puso arreglar unos detalles de una pintura que se le había resquebrajado el óleo. Más tarde se fue a tomar once con su familia. Una agradable reunión llena de chistes, anécdotas y recuerdos jocosos de los antiguos veraneos familiares. Al siguiente fin de semana se juntó con su papá, sus tíos y sus primos a jugar un partido de fútbol. Así se le fue pasando el tiempo a Cristóbal.

Alguien podría pensar que Cristóbal experimentó resignación, que había dado por perdidas a su amada y a su hija, como si eso fuese posible. Lo que realmente le pasó a Cristóbal es una sensación mucho más antigua y olvidada. No una disfunción de la mente como la neurosis, más bien un estado de excepción como el deja vù. Es la fé. A pocos les pasa esto en nuestro tiempo, solo a algunos soñadores e idealistas. Se trata de hacer de lo futuro una sensación presente; o sea, se siente que aquello que va a pasar como si ya hubiese pasado en otra dimensión distinta al tiempo y al espacio. Se desea tanto algo que llega al punto de ser una carga sobre los hombros, que en un momento determinado es quitada. Se acaba toda duda, se van las contradicciones y se recibe lo esperado en otra dimensión de la conciencia. En este caso ni siquiera había sido necesaria toda aquella conversación. Cuando Cristóbal escucho Luz otoñal, lo supo; no podía ser de otra forma. Estarían juntos. De esa manera, semanas después cuando se enteró de que Vivianne y Víctor habían terminado su relación, no hizo nada, ni siquiera se alegró más de lo que ya estaba, como si lo que tanto anhelaba ya estuviese con él en otra dimensión. Portaba a Vivianne y a Daniela el los brazos del espíritu. Cuando caminaba por los parques, en lo cerros, en las calles, en las micros, siempre estaban con él, en él.

Fue un día de septiembre en que el viento soplaba suave y calido en el Parque Ecuador, en que Vivianne encontró a Cristóbal dibujando, sentado en su puesto habitual. Ella se acercó. «Hola Batito», le dijo. Llevaba a Daniela en un coche.

Cristóbal le pidió que se sentara con él. Hablaron de pintura durante una media hora y Vivianne dijo que se iba. Él empezó a ordenar sus cosas, para irse. Ella le dijo que no era necesario. Él insistió. En el camino hablaron de libros y música. Finalmente ella le dio su teléfono, para seguir conversando.

Al día siguiente Cristóbal la llamó. Hablaron una hora aproximadamente. Fundamentalmente de viajes que habían hecho y que pensaban hacer. De playas, de desiertos de paisajes y de Walt Whitman. Él terminó invitándola a su taller, del que ella ya había oído hablar; quedaron al otro día en la plaza. Ella nunca llegó. Él la llamó y ella le dijo que había estado ocupada ese día y al día siguiente también lo estaría. Él sabía que no era cierto, pero insistió y la llamó al tercer día. Ya Vivianne no tenía más excusa.

Ahí estaba, sola con Cristóbal en aquel lugar. Hicieron el amor. Fue muy distinto a aquella primera vez, en que él estaba muy nervioso y ella muy drogada. Simplemente se miraron y sabían sin planearlo que pasaría. Él la miró inquisitivo como esperando una respuesta sin preguntar. Ella agachó la cabeza. Él se acercó lentamente y puso su frente en la de ella, acarició sus brazos desnudos. Ella apoyo sus manos en la espalda de él, como si fuera un pilar o un muro sobre el cual descansar todas sus dudas y confusiones. La besó y cayeron al colchón que estaba todavía en el suelo. El la desnudó de manera perfecta, como si sus manos conociesen cada hendidura, cada irregularidad de su cuerpo de toda la vida. No tuvo tiempo para dudar, cuando ya estaba entregada en cuerpo y alma. Como si realmente fuese cierto aquello de las simetrías de las que hablaba Cristóbal. Pensó Vivianne.

Su cuerpo estaba junto a Cristóbal, su cabeza sobre su pecho, mientras Cristóbal fumaba y le contaba cosas que inventaba. Cosas sin mucho sentido. Ya no hacía falta el sentido entre ellos. Ella en cambio temblaba y no de felicidad; tampoco de arrepentimiento, sino de miedo de aquel que estaba a su lado. No se trataba del amor tampoco. A estas alturas lo único que sabía es que no sabía que significaba aquello. Solo que intuía que la persona que ahora estaba a su lado había empezado algo en ella que no podría revertir, algo que nadie más iba hacer por ella. Intuía que él había resuelto con el destino lo que finalmente había pasado.

Cuando al fin Cristóbal se durmió, ella se levantó, se puso la camiseta lila de Deportes Concepción, que estaba sobre un velador, caminó descalsa por una suave y tibia alfombra, miró los cuadros. Hipnóticos. Fue lo primero que pensó. Miró el conjunto de los cuadros y sintió aquello que Cristóbal ya había pensado, esa continuidad temática en los cuadros. Le aterro esa idea, sintió que en Cristóbal había algo de verdad raro. No pudo evitar sentirse como una mosca atrapada en una muy extraña y onírica telaraña, que era ese lugar. Estaba segura de que en el tiempo el terminaría por derribar todas sus defensas, las que la enfrentaban con el mundo incluso con ella misma. Cristóbal era parte de su vida, de su madurez. Era la oportunidad que la vida le había dado para reconciliarse con el mundo y con ella misma. Aunque estaba lejos de creer en todo lo que decía Cristóbal sobre las simetrías, el destino y todo eso, en eso si tenía razón; ellos dos se atraían mutuamente, sus almas y cuerpos no soportarían el paso del tiempo estando cerca sin estar juntos. En eso pensaba cuando el equipo de sonido se prendió sólo, por un asunto de programación o algo así. Lo milagroso o mágico es que escuchó en ese momento, en ese lugar, junto a aquel hombre, la música más hermosa e hipnótica que creyó haber escuchado jamás. Era King Crimson. Walking on air.

Después de dos meses Cristóbal consiguió trabajo en la Universidad de Concepción en un proyecto de investigación arquitectónica. Inmediatamente arrendó un departamento donde se llevo a Vivianne y a Daniela. Ella empezó trabajar en una revista de Teoría crítica y contingencia, en la que Cristóbal también escribía de vez en cuando, sobre cartografía y Genealogía urbana. Vivianne también comenzó a trabajar con un equipo, en diversos documentales, críticos del desarrollismo irreflexivo y el neoliberalismo.

Por su parte Cristóbal insistía en leerle a Daniela libros de filosofía, pese a que a Vivianne no le gustaba. Ella prefería la poesía. Cristóbal decía que daba lo mismo, lo importante era el tono en que se leyese, si total de todas formas iba a entender lo mismo Hannah Arendt o Violeta Parra. Aunque en su fuero interno quería que ella creciera con la filosofía y la poesía en la piel, que supiese, a diferencia del general de los padres, aquello que él y Vivianne ya sabían. Que los sueños y las utopías solo existen para hacerlos realidad. Que finalmente, pese a todo, somos libres y es posible cambiar las condiciones facticas de la existencia; si no nos gustan, si lo deseamos y si luchamos por ello.

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