Llevo toda la mañana en las afueras del German Becker, tratando de escribir el avance del proyecto que se supone debería ser entregado mañana. El que yo mismo me comprometí tan firmemente a tener listo. "Confiamos en ti" me dijo uno de los viejos dirigentes del Deportes Temuco.
Vine acá pensando que el aire me oxigenaría un poco los sesos y podría al fin tirar algunas lineas por lo menos pasables; una cosa así de nivel universitario, o que por lo menos se note que tengo enseñanza media porque lo hasta acá intentado, de verdad que se parece a mis trabajos de enseñanza básica y no solo por la caligrafía, que siempre ha sido igual, pero a eso que le vamos a hacer.
Alguna vez escribí cosa bastante decentes, y sin hacer mayor esfuerzo, y no creo que haya sido solo un golpe de suerte, yo creo que el problema aquí es otro. Yo creo que mi mente excede el ejercicio de la escritura, así de simple. Apenas me siento frente a un computador o un cuaderno, me pasa que mi mente se dispara. Se me agolpan un sin numero de recuerdos, de los más variados tipos. Yo soy de ese tipo de gente, ese tipo que si no tiene un problema que se pueda arreglar con numeritos se hunde irremisiblemente en el más deprimente y retrospectivo tedio.
Lo que yo debería hacer es levantarme de aquí e ir por una cerveza, o mejor aun, por una agujita de marihuana que me pinche el cerebro para descomprimir y disipar todas las distracciones. Estoy convencido de que si pudiese doparme de alguna manera, no importa lo alterado que quedara, podría escribir con mayor facilidad que en este maldito estado en que me encuentro hoy, sobre estimulado por todos lo flancos, mal en verdad, mal y de la nada ¿o será de de la presión... de la presión de tener todo listo mañana? o tal vez sean los recuerdos, todos tan intensos en sus diferentes formas. Dolor y vergüenza son su contenido, mayormente. ¿será que la forma en que se ha dado mi vida importe tanto, o más bien se tratara de un asunto de aburrimiento al que me veo enfrentado cada vez que surgen este tipo de problemas?
Y precisamente ahora tenían que llegar unos evangélicos a predicar su mensaje a grito pelado. No los veo, están a unos cuatrocientos metros de mi posición, a la vuelta de una equina. Vociferan sobre el cielo y el infierno, principalmente.
"¡ Arrepiéntete!" suena como consigna. Y yo pienso: "tengo muchas cosas de las cuales arrepentirme ¿pero qué gano con eso? o ¿que se supone que debería hacer para que tal gesto tenga algún sentido?"
Tal vez debería ir a hablar con ellos, para que me expliquen como se supone que el arrepentimiento podría abrirme las puertas del cielo -ojala en la tierra-. Supongo que me dirán que tengo que cambiar mi estilo de vida entre otras cosas. Pero mi actual estilo de vida no tiene nada de malo, aunque tampoco mucho de bueno. Pero sé que no se trata de eso.
"Ninguna moral puede cambiar el pasado, ni siquiera ayudar a superarlo" pienso, quizás a modo de escusa para no intentarlo. Soy un hombre perezoso.
En fin, solo quisiera poder escribir, trabajar, plasmar mis ideas sobre cualquier material significante, sin que el pudor de cada pequeño detalle de mi vida surja como si fuera un hedor subterráneo y putrefacto.
(Putre-facto. Fáctico, consumación, fatalidad, imposibilidad de cualquier otra cosa. Una tragedia)
Estas lineas ociosas son una imposición, no tengo ninguna otra idea para poder despejarme y seguir con mi trabajo, en el caso de que mi problema sea aburrimiento o un déficit atencional; o definitivamente destaparme y seguir con mi vida, si se trata de arrepentimiento o superar el pasado. No lo sé.
Me tiendo en el pasto con la libreta abierta a mi lado, y el lápiz encajado en la tierra húmeda, entremedio del pasto. Entrecierro los ojos mirando al sol a través de las hojas de un árbol cualquiera, y siento como un recuerdo empieza a intensificarse, lentamente, como el sonido de un tren que se acerca a la distancia. A los segundos el recuerdo es tan intenso que podría vomitarlo, pero antes tomo el lápiz y la libreta como aferrándome a ellos, como me aferré a una roca alguna vez después de caerme de una balsa en un rápido, haciendo rafting, cuando tenía quince años. Así comienzo a escribir como si se tratara de nadar, como si me fuera a salvar la vida.
Puedo verme despertando en el piso del departamento de Lissette. Estaba acostado en el sofá frente a la tele, pero al parecer me había caído mientras dormía. Me levanté y fui al baño, pero estaba ocupado; así que me puse a esperar sentado en el brazo del sofá que daba precisamente a la puerta del baño. Al abrirse la puerta apareció Ana Emma --lo había previsto--, estaba en su ropa interior negra, con el tirante del sostén caído a la altura del brazo. Se asomaba inexactamente uno de sus suaves y perfectamente oníricos pechos. Su cabello negro azabache enmarañado, y las marcas de la resaca en la cara, pero con el rimel y el labial oscuro intactos.
--La Lichy se fue a la u --dijo, mientras apoyaba el hombro sobre el marco de la puerta y cruzaba las piernas de manera indiferente, mientras yo la miraba prendiendo un cigarro, y sonriéndole de una manera que me parecía lo suficientemente lujuriosa y explicita como para que entendiera mis intenciones matinales sin decir nada más.
Ella solo río y miró al techo en actitud de hastío o desafección, y dijo: "ahora estoy cansada, voy a seguir durmiendo" y se fue a la pieza de Lissette.
Yo me metí al baño y me mojé la cara, dejando el cigarro a un lado y luego me puse a mear mientras cantaba con el cigarro entre los labios, Schism de Tool puede haber sido, no estoy seguro. "Tengo que irme" pensé. No es que me haya afectado mucho, pero el rechazo de Ana Emma había sido una especie de señal. Llevaba tres días completos, encerrado en el departamento que las niñas compartían. No hacía nada, si había algo que comprar, una de ellas iba. No me permitieron hacer nada, ni lavar un plato. Yo solo estaba ahí para ser consentido (y como objeto sexual), y de verdad me sentía muy agradecido, nunca había sido tan bien tratado en toda mi vida, pero ya era hora de marcharme.
Busqué mis anteojos y no los encontré así que me metí a la pieza de Ana Emma y tomé unos de ella. Eran pequeños y se me veían extraños, pero no importaba si me protegían del insoportable sol de Santiago.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor que daba a un pasillo angosto que terminaba en la puerta de la calle, vi entrar por ella a Lissette. Solo le sonreí. Me extraño que hubiese llegado tan temprano. Pero antes de que yo siquiera abriera la boca se me vino encima raudamente y me dio un abrazo apretado. "Tu familia te anda buscando urgente" me dijo sin separarse, con la boca apretada sobre mi camisa. Yo solo la separé tomándola por la cintura, y le pregunte "¿Qué pasa?" ella no respondió y la tomé por los hombros de una manera un poco más brusca.
--Parece que tu abuelito se murió-- respondió con un hilito de voz.
--¿Parece? --pregunte, bruscamente, apretando sus hombros de nuevo.
--Suéltame --se quejo ella.
Le pedí su celular, para marcar el numero de mi madre.
--¡Alo!-- dije bruscamente al comunicarme.
--¡Esteban, donde estas! --era la voz de mi padre que reconoció en seguida la mía.
--¡¿Que fue lo que paso?! --pregunté ignorando su pregunta.
-- Tu abuelo falleció el jueves de un paro cardíaco y ayer lo enterramos --dijo--. Hicimos hasta lo imposible para encontrarte. Llamamos a la Universidad, a casi todos tus compañeros y nadie sabía nada ¿cómo es posible que te hayas desaparecido así cabro huevón?
Ni siquiera me había acordado del celular, "debí haberlo dejado en el departamento" pensé.
--¡Cállate! --exclamé yo-- ¿Ahora me vas a culpar por no haber estado en el entierro? Eres un huevón descarado y autoritario.
--¡Qué te crees pendejo de mierda para venir a hablarme así! --dijo mi padre--. Eres un inconsciente de mierda...
--¿Tu me vas a dar clases de moral? --envestí yo mientras seguía insultándome-- tu abandonaste a tu propio padre en un asilo como si fuera un perro, nunca más lo fuiste a ver. Yo no estuve ahora pero siempre fui el único que estuve con él. No pidas que tus hijos te respeten si tu no supiste respetar... ¡basura! --concluí.
Mientras decía esto note que Lissette comenzaba a retirarse, así que le extendí su celular devolviéndoselo, entretanto todavía se escuchaban los ladridos del viejo por el auricular. "Le va a dar un colapso nervioso" pensé.
Caminé hacia la puerta y Lissette me miraba parada en la mitad del pasillo. "¿Quieres que te acompañe Roque?" alcanzó a decir antes que yo saliera. Le respondí con un innobjetable "quiero estar solo" mostrandole la palma de la mano.
Algunas horas más tarde yo estaba perdido en las calles de Santiago. Había caminado mucho en busca de un lugar ad hoc para el momento. Compré una botella de pisco y una cajetilla de cigarros y me introduje en la Estación Central. Me puse a caminar por la linea. Lo hice hasta que la noche ya había terminado de caer y la oscuridad santiaguina había alcanzado dimensiones que desconocía. Ahí descubrí calles no solo olvidadas sino que también impensadas, inimaginables; me parecieron. Todo olía a metal y resina, el sonido de la ciudad era un solo un murmullo indistinguible, y había una cantidad de gatos sucios y famélicos que me pareció absurda, de todos los colores y formas.
Me senté a la orilla de la linea cerca de unos locales cerrados con cortinas de lata que se veían muy antiguos, "tal vez abandonados" pensé. Se distinguían en la oscuridad unos rallados que me parecieron muy punks, predominantemente. Daban la impresión de tener décadas allí. De hecho puedo recordar una frase ecologista o que tenía que ver con la liberación animal, que llevaba la firma de Titan 1994.
Mientras me terminaba mi botella de pisco puritano, intenté con todas mi ganas llorar a mi abuelo. Ni una sola lagrima pudo abrirse paso entremedio de aquella espesa telaraña de desconcierto y sinsentido que había crecido tras mi ojos. Mi mente ya hacía tiempo albergaba una araña, así lo sentía. Una araña que iba complicándolo todo, poniendo un manto de duda e inseguridad sobre cada cosa, sobre cada paso que daba, sobre toda certeza, cada sentimiento o sensación, reduciendo lo que yo llamaba realidad a su más mínima expresión. "Esto no puede terminar sino en el suicidio o en el manicomio" me dije a mi mismo en ese momento mientras acariciaba un gato muy sucio. Me sentía desprendido de la vida y de lo "humano".
Mi abuelo "don Roque" fue siempre, para mí, una conexión con el mundo. Supongo que hay mejores formas de explicarlo, pero es como si él me hubiese enseñado a vivir. Aprendí la relación con la vida (sujeto-objeto), con las cosas, con las personas y con los sentimientos a través de él.
Me bautizaron con su nombre, como homenaje y tal vez esperando que el portar su nombre me transmitiera su carácter e impronta. Aunque a mi madre nunca le gusto del todo, así que siempre me llamó "Esteban", y todo el mundo me llamaba así, hasta que yo mismos decidí presentarme con la gente como "Roque". O sea que solo en mi casa se me llama "Esteban".
Mi abuelo fue un hombre muy querido y admirado en Temuco. Me había tocado asistir a algunos homenajes muy bonitos que se le hicieron por parte de la municipalidad y también el club deportivo.
Yo lo acompañaba al estadio todos los fines de semana en que Deportes Temuco jugaba de local. Incluso viaje muchas veces, a diferentes partes de Chile, siguiendo al equipo. Nos hospedábamos en los hoteles junto con el mismo equipo; la mayoría de las veces.
Todo esto desde muy niño, ocho años o tal vez menos, recuerdo haber hecho largos viajes, conversando todo el camino con Don Roque, aprendiendo de su manera de ver la vida, la historia, el fútbol, el ajedrez, las mujeres y un largo etcétera.
Que decir de las importantes gestas del club, el como viví las celebraciones de los asensos y los campeonatos; o los descensos. La agonía de la gente frente a la templanza de Don Roque, fueron quizás los momentos en que escuche las reflexiones más profundamente sabías de boca de mi abuelo, incomparables con nada que haya escuchado o leído jamás. En Fin.
Incluso por un corto periodo de tiempo intenté jugar en las inferiores del club, pero no funcionó, no tenía el físico ni la resistencia ni mucho menos el carácter. Con el tiempo me deslicé subrepticiamente a un mundo más oscuro, más complejo, mas peligroso y también más hermoso que el fútbol. La música.
Nunca aprendí a tocar bien un instrumento, pero sin darme cuenta me atreví a ingresar en un laberinto inestable y caprichoso, una geometría de la indeterminación que ni Heisenberg. Pero yo tenía mi voz (mi voz y mis huevos), profunda y expresiva pero nada limpia; aunque siempre tendré la duda de que si finalmente basto para resistirla o si finalmente todo lo que vino después fue producto de mi incapacidad ante toda esa indeterminación autoimpuesta. Si fuese Ulises frente a las sirenas hubiese sucumbido por carecer de estrategia y confiar ciegamente en mi resistencia (y mis huevos).
Poco a poco dejé de acompañar a mi abuelo al estadio y comencé a ocupar los fines de semanas y cada espacio de tiempo que tuviese disponible para ensayar, componer, escuchar música o juntarme con compañero que también experimentaban esa misma inquietud compulsiva. Los mismas que a la larga se convirtieron en mis amigos.
Sin embargo la relación con mi abuelo seguía siendo la relación más relevante y profunda de todas mis conexiones con el mundo. Cuando me enamoré por ejemplo (la única vez) fue a él a quien contaba lo que me pasaba y de paso el me aconsejaba. Era fascinante como encontraba soluciones para todo. Era un jugador de ajedrez brillante; el ajedrez no es muy distinto a la vida, o por lo menos esa filosofía siempre funciono para el y para lo que buscábamos sus consejos. Yo siempre fui un muy mediocre jugador de ajedrez. En fin.
Fue solo cuando entre en la universidad en Santiago que a mi padre se le ocurrió la desgraciada idea de internarlo en un asilo. Me pareció tan injusto... lo hizo porque sabía que de haber estado ahí yo no lo hubiese permitido. Mi padre me tenía miedo y no se hubiese atrevido a hacerlo.
El mismo día que cumplí dieciséis años, me peleé con mi padre por insultar a mi madre. Lo golpeé de tal forma que fue a dar al hospital. Después de eso no volvió a aparecerse por la casa durante seis meses, estaba viviendo con su secretaria, su amante de turno. Mi madre se entero pero le permitió volver, y fuimos de nuevo una familia tan horriblemente normal como siempre. A mi me parecían una maldita oda al conformismo. Sentía lastima por mi madre, la amaba, sí, pero era la lastima el sentimiento que predominaba. Definitivamente.
Ella decidió pagarme la estadía cuando obtuve el putaje suficiente para estudiar en una universidad en Santiago. Lo hizo echando mano a una herencia suya. Mi padre rara vez me dirigía la palabra, pero supongo que se opuso a esa idea.
Yo viajaba una vez al mes a Temuco, fundamentalmente para estar con mi abuelo, jugar ajedrez y conversar. Nadie más lo hacía, ni siquiera mi hermano. Todos estaban demasiado ocupados.
"Espero que algún día cosechen lo que sembraron estos maricones egoístas" fue lo que pensé mientras bebía el ultimo sorbo de pisco y fumaba el ultimo cigarro de la madrugada.
Desperté tirado sobre el frió pavimento con una terrible jaqueca, la camisa sudada en la espalda y las axilas y un decaimiento del tamaño de un suicidio ferroviario, aunque de distinto color, era un matiz distinto al de los suicidas el negro en veía la vida esa mañana.
Decidí, para ser consecuente, no volver a Temuco durante un tiempo; no había estado para el entierro; qué más me podía importar. Era septiembre así que me mantendría en Santiago hasta diciembre o enero, pensé.
Durante esos meses me refugié en el departamento de Lissette, en su mundo, en su sexo, en su locura y sus perversiones, a las que algunas veces Ana Emma, su compañera de departamento, se prestaba (para mi deleite). Ellas llevaban una relación amorosa paralela a mí, lo cual estaba muy lejos de molestarme.
Me sobreprotegió siempre; desde que el primer día, creo que era una suerte de instinto materno y la intuición de que yo jugaba mucho con la idea del suicidio y por alguna razón, que desconocía, ella se había impuesto como meta y sentido de su vida el impedir que yo lo llevara acabo.
La conocí en la entrada de un cine. Se me acerco y me ofreció un pito antes de entrar, luego yo le invite una cerveza a la salida. Después me dijo que se me había acercado porque ese día yo le había parecido muy similar a Arthur Rimbaud en la apariencia. Yo solo sonreí, no le quise preguntar de quien estaba hablando; no quería quedar como un "sureño ignorante".
Ella era pequeña y muy delgada, pero aquella vez me apabulló. Era una santiaguina con un vestido negro, largo y ¡corset!. La piel blanca y labial negro. Además de que hablaba de literatura, de música, de cine y hasta de teatro con una familiaridad que yo nunca había visto.
Fue una semana después cuando en una reunión con sus compañeros a la que me había invitado, en que comprendí que en ella era alguien en quien podía confiar. En un rincón olvidado me hizo sentir la inaudita levedad de su cuerpo aferrado al mio, y sus gemidos y suspiros perturbadores pero a la vez transparentes como si fuesen música... sí, esto puede sonar a contradicción con lo que había dicho anteriormente; pero sí hay una transparencia en la música, no en ella misma sino en ese "pobre mortal" que se encuentra detrás, el músico, que busca desesperado lo que jamás encontrara, poniendo en juego sus entrañas, su intimidad, su subconciente si se quiere. Como la música, el sexo con Lissette no serían desde ahí, ni entretención o placer vacío, sino una búsqueda.
No trabajaba y casi no estudiaba. Ella quería hacerme leer sus libros de Baudlaire, Camus, Sartre y el propio Rimbaud, para no estar tan ocioso, pero yo ni siquiera tenía animo para eso, además que no le encontraba mucho sentido si se trataba de las cosas que hablaba ella, que a esas alturas ya me parecían pura retorica vacía. "Tu deberías leer a Einstein" le decía yo, "¿tu lo has leido?" preguntaba ella, "no, pero lo entiendo" respondía yo.
Yo solo buscaba incesantemente hacer el amor con Lissette. Desde mis primeras experiencias el sexo fue para mí, a contracorriente de la religión, una manera de purificarme, de dejar ir todo lo sucio, todo lo perverso; Una manera de dejar de ser "yo triste" y ser el "yo desnudo", que era la contraparte del primero, nunca existió un "yo alegre". En fin, era dejar de ser yo para volver a ser yo.
Una mañana estaba en la cama con una pinza y un encendedor peleando por sacarle lo ultimo de marihuana a la cola de un pito cuando Lissette salió del baño totalmente desnuda y salto a la cama montándose sobre mí.
-¡Que te pasa! -exclamé yo sacudiéndome la cola y las cenizas del pecho.
-Follame -me pidió, mientras me frotaba su sexo. Con esos españolismos que al principio me eran irresistibles pero cada vez menos.
-¿Cómo? -pregunté para que lo repitiera.
-Como los conejos- me susurró.
-¡Oh conejita! -susurre yo con intensidad.
Obedecí al píe de la letra; era bueno empezar el día así.
Cuando habíamos terminado ella se acurruco a mi lado, mientras yo fumaba.
-¿Me quieres? -me preguntó.
Me sorprendió la pregunta, definitivamente no eran los términos con los que acostumbrábamos a relacionarnos; no era parte de nuestro lenguaje, creía yo. Le respondí que sí, "que más da" me dije, "de alguna forma es cierto".
-Yo a ti te amo - concluyo ella.
"Eso si que fue un giro", pensé en el momento.
Me levanté y le dije que me iría a la universidad. Salí del departamento pero nunca llegué a destino. Me quedé sentado en el anden del Metro, pensando en Lissette, y en el extraño dialogo que habíamos tenido. Ademas ya no tenía mucho caso ir, tenía un ramo ya reprobado y dos casi; eran necesarias verdaderas hazañas si quería aprobarlos y no estaba de animo para eso. Decidí adelantar mi viaje y replantearme el futuro, porque era seguro que me iban a quitar la beca y muy probablemente me iban a expulsar por bajo rendimiento. "Supongo que la muerte de mi abuelo influyo, pero tal vez necesito ayuda psicológica, si me dieran pastillas sería ideal", pensé.
Llevaba tres años estudiando ingeniería, "tal vez más adelante podría continuar, ya veré cómo" me dije.
Antes de una semana ya tenía todo listo, había arreglado mis cosas y finiquitado el contrato con el arrendatario.
Había hecho lo posible por evitar a Lissette; ese ultimo intercambio de palabras me había dejado un poco hastiado. Sin embargo una de esas noches me llamó y me pidió que nos juntáramos en el Parque Almagro, justo abajo de donde estaba ubicado mi departamento. Ella ya estaba abajo, así que no puede evitarla. Nos sentamos en un banco y ahí fue donde me contó que estaba esperando un hijo mío.
"¡Qué le pasa! -me decía mientras ella me contaba-. Así que de esto se trataba esa actitud y esas palabras melosas. Esta muy asustada y todo, por eso busca algo a que aferrarse, pero... ¿cómo pudo pensar que aquel raquítico "te quiero" podía significar algo?" estaba desesperada.
No le pedí que abortara. No me atreví. Yo era demasiado un macho conservador sureño, o demasiado poco... para la finalidad era lo mismo. Pero la verdad es que no quería ser padre. No tenía problemas económicos, era más bien un asunto emocional; de madurez. Antes de llegar a mi departamento, después de despedirnos yo ya había decidido que no sería el padre de ese bebe. "No va a ser ni el primero ni el último niño con un padre ausente. Tener padre no significa nada, no asegura nada. Yo tengo una familia convencional y soy un desastre. Estoy seguro de que sin padre yo hubiese estado mejor", concluí.
Tal como lo había planeado volví a Temuco. A la casa de mis padres, la ex casa de mi abuelo prefería llamarle. Una casa grande con un amplío terreno, donde mi pieza se encontraba a unos 20 metros retirada de la casa en sí. Había que cruzar un jardín...
Al llegar pasé a saludar a mi madre y le conté que ya no estudiaría más. Me dijo algo; una recriminación supongo, pero la ignoré completamente, incluso mi padre intento provocarme más adelante, pero sus opiniones me tenían sin cuidado.
A la semanas encontré trabajo en un video club en el centro. El tiempo me pareció que pasó tan inerte, rectilíneo y mecánico, que casi no tengo muchas imágenes de esos días ahora. Ni siquiera había amigos: por alguna razón habían desaparecido, o tal vez yo no había hecho nada por buscarlos. Aparte de trabajar, fumaba como un desquiciado y en las noches hablaba con Lissette, dos o tres horas. Más que hablar divagábamos, aveces nos quedábamos callados en el teléfono por varios segundos, incluso minutos, como adolescentes. Y nunca tocamos el tema del embarazo.
"Pobrecita -pensaba yo-, esta asustadicima. Intuye mis intenciones" pero yo no podía hacer nada para tranquilizarla, no estaba en mis manos. Después de todo, por esos días yo mismo estaba en estado de negación. El encuentro tácito de la muerte con la nueva vida, como es obvio, me termino por derrumbar.
Nunca sabré en que iba a acabar toda es monotonía autocompasiva si es que no hubiese sido interrumpida providencialmente por un fugaz acontecimiento.
Un viernes de los primeros días de marzo, cuando aun quedaban algunos pocos turistas del verano, subo a una micro y ya dentro con el primer golpe de vista hacia el interior la veo... concreta, real; ya no un espejismo o un invento de mi necesidad. La primera, la única, la de siempre. Risueña, frágil, toda ella es para mi la curvatura en el tiempo y el espacio o la puerta hacia lo mágico, hacia lo otro, si se prefiere.
Mientras me acerco siento latir mi corazón después de mucho tiempo. Noto que usa una polera de Depeche Mode y pienso: "fue conmigo que conoció a esa banda" eso me da más seguridad.
Está parada en el medio del pasillo junto a sus dos amigas de siempre que están sentadas a lado izquierdo de la micro. Ellas son las primeras en verme y le avisan de mi precedencia mientras ríen cómplices. Me acerco y la miro fijo por un espacio de tiempo de longitud subjetiva. Ella se apresura a darme un beso en la mejilla que yo apenas atino a corresponder.
Antes de que la situación se comience a tornar incomoda, por casualidad, justo se desocupan dos asientos contiguos a la derecha del pasillo y la invito a sentarse.
-Cuanto tiempo sin verte Roque -me dice ya sentada junto a la ventana-. Supe lo de tu abuelito, pensé en llamarte pero...
-Sí. No te preocupes -Interrumpo-, sobreviví.
-¿Y como esta la universidad? -Me pregunta.
-Bien... normal, no mucho que contar -Miento-. ¿Y tu vas a estudiar este año? -pregunto.
-Sí -me responde-, en dos semanas me voy a estudiar a Uruguay. Cine.
-¡A Uruguay...! -digo conmocionado.
-Postulé a una beca.
-¡Cine! - repito el tono.
-Je, je -sonríe ella y noto que se sonroja-. Es que postulé a la beca después de ganar un concurso de cortometrajes en Uruguay. ¿Te acuerdas de ese guión que escribiste?... debí haberte avisado, lo sé, pero...
-No importa -interrumpo- yo te lo regalé, es tuyo -y por primera vez la miro a los ojos.
Ella me avisa que me tengo que bajar, pero no le hago caso y sigo una cuadra más intentando inútilmente encontrar palabras dignas de lo que ella significa para mí. Cuando me rindo ella se despide:
-Adios Roque. Chatiemos alguna ves.
-¿Chatiar? Caray Pía, no conozco muchos esas cosas - Digo parodiando a mi abuelo y ella se ríe con cierto recelo o morbosidad.
No fue una conversación fluida, no hubo química, ni magia, ni frases asertivas. Incluso por momentos se noto una evidente incomodidad. Pero indudablemente algo me pasó... pasó que durante no sé cuanto tiempos yo había deambulado por espacios y tiempos siempre inconclusos, fragmentados y discontinuos; pero frente a ella, soló frente a ella, por fin me sentí en casa. Aunque llevaba en Temuco tres meses me seguía siendo tan ajeno como Santiago o cualquier otra parte. Estar con Pía era todo lo que necesitaba, aunque fuese de esa forma tan precaria e imprecisa.
Pienso y pienso en el cómo fue que se acabó lo nuestro, mientras camino y fumo por la vereda de la calle: "Podría enumerar una larga lista de razones, desde la distancia cuando me fui a estudiar, para empezar. Pero ni siquiera la suma de todas estas razones logran satisfacerme como explicación. La verdadera razón me resulta muy oscura e inenarrable. Es como si simplemente la hubiese perdido -nunca estuvo mejor usada esa analogía- o como si se hubiese internado en un lugar donde me era imposible seguirla".
>>"Pía, Pía, Pía..." suspiro y repito incansablemente. Nos conocimos cuando ambos teníamos doce años de edad, y desde ahí nunca ha pasado un solo día en que no haya pronunciado ese nombre. "Ese maldito nombre" -me digo.
>>"Pía"... suena como fría. Como es ella, su piel blanca, sus manos, sus pies, sus rodillas; fríos como el sur.
>> Y como púa: algo pequeño que se clava produciendo un dolor agudo e intenso, desgarrando la fibra más sensible de todas.
>>Su nombre es un imperceptible y agudo pedacito de hielo incrustado y perdido entre las capas de mi tejido cardíaco, enfriando cualquier afecto natural, cualquier calor humano; el que recibía y el que hubiese sido capaz de procurar.
>>Con el sistema nervioso y cardíaco dañados me es preciso seguir viviendo -es mi último pensamiento en la cama antes de conciliar el sueño.
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