domingo, 17 de octubre de 2010

Sobre la Fe

El mundo se ha ido

tengo que llevarte en brazos (Paul Celan)

Alguien podría pensar que Cristóbal experimentó resignación, que había dado por perdidas a su amada y a su hija, como si eso fuese posible. Lo que realmente le pasó a Cristóbal es una sensación mucho más antigua y olvidada. No una disfunción de la mente como la neurosis, más bien un estado de excepción como el deja vù. Es la fé. A pocos les pasa esto en nuestro tiempo, solo a algunos soñadores e idealistas. Se trata de hacer de lo futuro una sensación presente; o sea, se siente que aquello que va a pasar como si ya hubiese pasado en otra dimensión distinta al tiempo y al espacio. Se desea tanto algo que llega al punto de ser una carga sobre los hombros, que en un momento determinado es quitada. Se acaba toda duda, se van las contradicciones y se recibe lo esperado en otra dimensión de la conciencia. En este caso ni siquiera había sido necesaria toda aquella conversación. Cuando Cristóbal escucho Luz otoñal, lo supo; no podía ser de otra forma. Estarían juntos. De esa manera, semanas después cuando se enteró de que Vivianne y Víctor habían terminado su relación, no hizo nada, ni siquiera se alegró más de lo que ya estaba, como si lo que tanto anhelaba ya estuviese con él en otra dimensión. Portaba a Vivianne y a Daniela el los brazos del espíritu. Cuando caminaba por los parques, en lo cerros, en las calles, en las micros, siempre estaban con él, en él.

Fue un día de septiembre en que el viento soplaba suave y calido en el Parque Ecuador, en que Vivianne encontró a Cristóbal dibujando, sentado en su puesto habitual. Ella se acercó. «Hola Batito», le dijo. Llevaba a Daniela en un coche.

Cristóbal le pidió que se sentara con él. Hablaron de pintura durante una media hora y Vivianne dijo que se iba. Él empezó a ordenar sus cosas, para irse. Ella le dijo que no era necesario. Él insistió. En el camino hablaron de libros y música. Finalmente ella le dio su teléfono, para seguir conversando.

Al día siguiente Cristóbal la llamó. Hablaron una hora aproximadamente. Fundamentalmente de viajes que habían hecho y que pensaban hacer. De playas, de desiertos de paisajes y de Walt Whitman. Él terminó invitándola a su taller, del que ella ya había oído hablar; quedaron al otro día en la plaza. Ella nunca llegó. Él la llamó y ella le dijo que había estado ocupada ese día y al día siguiente también lo estaría. Él sabía que no era cierto, pero insistió y la llamó al tercer día. Ya Vivianne no tenía más excusa.

Ahí estaba, sola con Cristóbal en aquel lugar. Hicieron el amor. Fue muy distinto a aquella primera vez, en que él estaba muy nervioso y ella muy drogada. Simplemente se miraron y sabían sin planearlo que pasaría. Él la miró inquisitivo como esperando una respuesta sin preguntar. Ella agachó la cabeza. Él se acercó lentamente y puso su frente en la de ella, acarició sus brazos desnudos. Ella apoyo sus manos en la espalda de él, como si fuera un pilar o un muro sobre el cual descansar todas sus dudas y confusiones. La besó y cayeron al colchón que estaba todavía en el suelo. El la desnudó de manera perfecta, como si sus manos conociesen cada hendidura, cada irregularidad de su cuerpo de toda la vida. No tuvo tiempo para dudar, cuando ya estaba entregada en cuerpo y alma. Como si realmente fuese cierto aquello de las simetrías de las que hablaba Cristóbal. Pensó Vivianne.

Su cuerpo estaba junto a Cristóbal, su cabeza sobre su pecho, mientras Cristóbal fumaba y le contaba cosas que inventaba. Cosas sin mucho sentido. Ya no hacía falta el sentido entre ellos. Ella en cambio temblaba y no de felicidad; tampoco de arrepentimiento, sino de miedo de aquel que estaba a su lado. No se trataba del amor tampoco. A estas alturas lo único que sabía es que no sabía que significaba aquello. Solo que intuía que la persona que ahora estaba a su lado había empezado algo en ella que no podría revertir, algo que nadie más iba hacer por ella. Intuía que él había resuelto con el destino lo que finalmente había pasado.

Cuando al fin Cristóbal se durmió, ella se levantó, se puso la camiseta lila de Deportes Concepción, que estaba sobre un velador, caminó descalsa por una suave y tibia alfombra, miró los cuadros. Hipnóticos. Fue lo primero que pensó. Miró el conjunto de los cuadros y sintió aquello que Cristóbal ya había pensado, esa continuidad temática en los cuadros. Le aterro esa idea, sintió que en Cristóbal había algo de verdad raro. No pudo evitar sentirse como una mosca atrapada en una muy extraña y onírica telaraña, que era ese lugar. Estaba segura de que en el tiempo el terminaría por derribar todas sus defensas, las que la enfrentaban con el mundo incluso con ella misma. Cristóbal era parte de su vida, de su madurez. Era la oportunidad que la vida le había dado para reconciliarse con el mundo y con ella misma. Aunque estaba lejos de creer en todo lo que decía Cristóbal sobre las simetrías, el destino y todo eso, en eso si tenía razón; ellos dos se atraían mutuamente, sus almas y cuerpos no soportarían el paso del tiempo estando cerca sin estar juntos. En eso pensaba cuando el equipo de sonido se prendió sólo, por un asunto de programación o algo así. Lo milagroso o mágico es que escuchó en ese momento, en ese lugar, junto a aquel hombre, la música más hermosa e hipnótica que creyó haber escuchado jamás. Era King Crimson. Walking on air.

Después de dos meses Cristóbal consiguió trabajo en la Universidad de Concepción en un proyecto de investigación arquitectónica. Inmediatamente arrendó un departamento donde se llevo a Vivianne y a Daniela. Ella empezó trabajar en una revista de Teoría crítica y contingencia, en la que Cristóbal también escribía de vez en cuando, sobre cartografía y Genealogía urbana. Vivianne también comenzó a trabajar con un equipo, en diversos documentales, críticos del desarrollismo irreflexivo y el neoliberalismo.

Por su parte Cristóbal insistía en leerle a Daniela libros de filosofía, pese a que a Vivianne no le gustaba. Ella prefería la poesía. Cristóbal decía que daba lo mismo, lo importante era el tono en que se leyese, si total de todas formas iba a entender lo mismo Hannah Arendt o Violeta Parra. Aunque en su fuero interno quería que ella creciera con la filosofía y la poesía en la piel, que supiese, a diferencia del general de los padres, aquello que él y Vivianne ya sabían. Que los sueños y las utopías solo existen para hacerlos realidad. Que finalmente, pese a todo, somos libres y es posible cambiar las condiciones facticas de la existencia; si no nos gustan, si lo deseamos y si luchamos por ello.

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